XXII Edición

Curso 2025 - 2026

Ariana Aragón

Vida y muerte

Ariana Aragón, 15 años

Colegio Santa Margarita (Lima, Perú)

Desde que tengo memoria, escucho los lamentos de la gente mayor a cuenta de la juventud perdida, es decir, sobre el modo como hicieron las cosas en el pasado, sobre todo aquello que pudieron haber hecho o evitado, sobre aquello de que la vida se pasa en un abrir y cerrar de ojos.

En el último aniversario de bodas de mis abuelos, mi hermana y yo éramos muy pequeñas. Cuando regresamos a casa después de la celebración, mi padre recibió la llamada que todo hijo teme recibir: mi abuelo había fallecido repentinamente. A mi edad, no comprendí cómo de una fiesta alegre se puede pasar de pronto a un velorio. Años después, cuando entendí el concepto de la muerte, supe que todo puede terminarse de un momento a otro.

La muerte la tomamos de distintas maneras: en mi caso, en un momento de confusión me pregunté si Dios nos castiga al quitarnos la vida. Otros sufren a causa del miedo a lo desconocido, otros lloran de tristeza al despedirse de un ser querido; otros son fuertes y permanecen en alerta para evadirse de «las trampas de la muerte», y muchos viven obsesionados a causa de que la muerte nos arrebata todo lo que somos y tenemos.

Un terror planetario condicionó la epidemia del coronavirus. Es cierto que fallecieron varios millones de personas en todo el mundo. Cundía el pánico llegada la hora de salir a trabajar, de ir al colegio, de pasear por las calles, hacer la compra y asomarse por la ventana. En mi décimo primer cumpleaños, mis abuelos y otros familiares me hicieron llegar videos y textos digitales para desearme felicidad, salud y bienestar. Pero aquello no fue lo mismo que tenerlos a mi lado. Pocas semanas después mi abuelo enfermó de coronavirus y falleció, dormido en una camilla UCI.

Me sentía muy cercana a mi abuelo, quien solía ayudarme a estudiar, me contaba historias que me hacían pensar y chistes para hacerme reír. Recuerdo muy bien nuestra última conversación por teléfono: me pidió que estudiase mucho, que fuera una persona determinada en mis decisiones y que no deje de hacer aquello que más me gusta.

Me costó mucho superar su partida, pero –como él solía decir– «Siempre sale algo bueno de una mala experiencia». Gracias a él entendí que tengo que aprovechar las oportunidades al máximo, vivir cada día con una sonrisa y evitar hacer ese tipo de cosas de las que me pueda arrepentir.

La muerte es parte de la vida. Aunque no sabemos cuándo se acabará nuestro tiempo, si nos tomamos la existencia como un regalo no habrá razones que justifiquen los lamentos del final. Cada jornada nos ofrece la oportunidad de aprender algo nuevo, de hacernos mejores personas y de encontrar la manera de hacer las cosas mejor que el día anterior. En nuestra mano está el elegir cómo queremos pasar por la historia.