XXII Edición
Curso 2025 - 2026
Veneno
Luis Larios, 14 años
Liceo del Valle (México)
Chuy era el hombre de confianza de los Villalobos, una de las familias más ricas de Jalisco. Vivía con su hija, Liliana, con la comodidad de quien ha servido bien al poder y con la sencillez de un padre devoto. Chuy trabajaba para don Jerónimo. Aunque se esforzaba por cumplir cada capricho de su patrón, su mente siempre regresaba a lo único que realmente importaba: el bienestar de su hija.
Una mañana don Jerónimo le ordenó, con una voz que no admitía réplicas:
—Chuy, acércate. Necesito pedirte un favor delicado.
—Dígame señor, ¿en qué puedo servirle?
—Sabes que eres la única persona en quien confío para mis asuntos privados, ¿cierto?
—Así es, señor. Y se lo agradezco.
—Bien; escucha –bajó la voz como si fuera a contarle una confidencia–. Necesito que me acompañes al viejo laboratorio abandonado, en el sector Reforma. Quiero reactivarlo para un proyecto experimental que mantengo en secreto. Nadie más debe saberlo.
—Será un honor acompañarlo —le respondió Chuy, al que le había recorrido un escalofrío por la espalda al oírle mencionar aquel lugar, sobre el que pesaban unos rumores sobre vertidos químicos ilegales.
Terminó su jornada y tomó el camión de regreso a casa. Mientras conducía observó la ciudad a través de la ventana. Las luces de la catedral se iban desvaneciendo y la espera en cada semáforo se le hacía eterna.
Al llegar a su departamento, giró la llave con suavidad.
—¡Papá! —exclamó Lili al correr a sus brazos.
—¿Cómo estás, mi cielo?
—Mañana es mi cumpleaños. No se te habrá olvidado…
A Chuy se le hizo un nudo en la garganta. Don Jerónimo le había pedido que salieran hacia el laboratorio de madrugada.
—Claro que lo recuerdo, princesa, pero me temo que llegaré un poco tarde a partir el pastel –¬bajó la cabeza–. El señor Villalobos necesita mi ayuda en un asunto urgente. Pero te prometo que, en cuanto termine, vendré corriendo a abrazarte.
Después de cenar juntos, Chuy acostó a Lili, la cobijó y le dio un beso en la frente.
***
Chuy y don Jerónimo llegaron al sector Reforma. El viejo laboratorio tenía una estructura ruinosa.
—Señor, ¿está seguro de que es prudente entrar? –le preguntó cuando bajaron del auto–. Se dicen muchas cosas malas de este sitio.
–Lo sé –añadió con desinterés.
–Comentan que aquí manipulan sustancias prohibidas.
—Tonterías de la gente ignorante, Chuy. No hay de qué preocuparse —respondió Villalobos con arrogancia antes de forzar un candado.
Al cruzar el umbral del edificio, decubrieron un lugar lúgubre impregnado de un olor metálico. Avanzaron entre pasillos de maquinaria antigua hasta dar con un laboratorio, oculto en el sótano. Había estanterías repletas de frascos con especímenes deformes, así como bitácoras de experimentos genéticos que venían a confirmar los peores rumores. Aquello no era una simple fábrica; había sido un laboratorio clandestino.
Mientras don Jerónimo inspeccionaba unos documentos, Chuy tropezó. La madera del piso era inestable porque estaba podrida. Al intentar recuperar el equilibrio, golpeó una estantería metálica y una caja se inclinó en lo alto, dejando caer un frasco pesado que se hizo pedazos contra su rostro, impregnándole la piel con un líquido viscoso y verde.
El grito de Chuy desgarró el silencio.
—¿Qué sucede? —preguntó don Jerónimo poniéndose en pie.
Se acercó a Chuy, pero al descubrir cómo la piel de su empleado burbujeaba, retrocedió horrorizado.
No hubo tiempo para limpiarle, ya que el compuesto, diseñado para acelerar mutaciones celulares actuaba con violencia. El cuerpo de Chuy se convulsionó, crujieron sus huesos al alargarse sin motivo y su mandíbula se desencajó. Un brillo depredador sustituyó la humanidad en sus ojos.
Desde las afueras de la propiedad se escuchó un grito horrorizado que se cortó de golpe.
Horas más tarde llegó la policía, alertada por los vecinos. En la fábrica encontraron el cráneo de don Jerónimo extrañamente limpio, sin rastro de piel ni músculo. Un rastro de sangre se alejaba de la escena, marcando un camino claro hacia el lugar donde Chuy y su jefe habían aparcado el camión.
La criatura que alguna vez fue padre recordaba una sola cosa: tenía una promesa que cumplir, felicitar a su hija.