XXII Edición

Curso 2025 - 2026

Alejandro Quintana

Una historia 

Jorge Ríos Rojas, 15 años

Colegio María Teresa (Madrid)

Al acercarse el inicio de los años de instituto, me sentía entusiasmado, pues iba a tener más libertad, nuevas experiencias y algo más de independencia. Pero, pocas semanas antes de que empezara el curso, mis padres me dieron la noticia de que habían conseguido una plaza para mí en un colegio nuevo, del que yo ni siquiera había oído hablar. 

Me sentí vacío, como si todo lo que había construido desde el inicio de mi infancia desapareciera en un instante. Les dije que no quería estudiar allí, que no quería conocer gente nueva, que deseaba regresar con mis amigos para continuar disfrutando de la vida.

Cuando empezaron las clases me negué a socializar con mis nuevos compañeros, pues ni me importaban ni yo les importaba. Esa actitud me condenó a pasar el curso más duro de mi vida: sin amigos, sin motivación, sin una razón para sonreír. Me pasaba los recreos solo, dando vueltas por el patio sin saber qué hacer. Solo que quedaba ponerme estudiar: aprovechaba cualquier minuto libre para evadirme en los libros de texto. Así mejoraron mis calificaciones. 

Aunque aquello me satisfacía, mi interior seguía roto. Lo único que me mantenía en pie era el balonmano, al que convertí en mi válvula de escape. Me desahogaba corriendo, peleando por cada balón. La convertí en la única actividad con la que conseguía liberar todo lo que me oprimía. En el colegio, sin embargo, los compañeros se burlaban de mí por ser “el nuevo” y mantener aquella actitud. No se lo conté a mis padres, así que sufría en silencio. 

Los viernes se convirtieron en mi pequeño refugio: volvía a encontrarme con mis amigos de siempre, con los que jugaba con la consola, hablaba y compartía carcajadas. Pero aquello también fue cambiando, pues mis horarios eran incompatibles con los suyos, ya que los entrenamientos de balonmano me robaban el tiempo que reservaba para ellos.

Terminé el curso con buenas notas y comencé segundo de la ESO sin grandes cambios. Cumplí un año en aquel centro y seguía sin entablar una amistad genuina. Charlaba con algunos compañeros de clase, pero sobre temas banales. Me sabía más solo que nunca, como si dentro de mi pecho existiera un universo y ese universo estuviera completamente vacío: sin planetas, sin estrellas, sin rastro de vida.

Lo único que me mantenía en pie era el balonmano. Estuvimos a punto de ganar la liga y eso me motivaba. Por otro lado, como en mi nuevo colegio el nivel de inglés era muy bajo, me apunté a una academia de idiomas, en donde los alumnos también empezaron a meterse conmigo y la profesora me gritaba. Cada clase era un ataque a mi autoestima.

Una tarde de diciembre quedé con mis amigos del colegio antiguo, en un lugar desde el que tomaríamos el metro hacia otro destino. Como la máquina expendedora de billetes no funcionaba y yo no tenía bono transporte y no me atreví a colarme, ellos me dejaron solo. Estallé en una mezcla brutal de rabia y tristeza, y empecé a caminar por la ciudad, sin esconder las lágrimas que bajaban por mi rostro helado. Me sentía más invisible que nunca, a pesar de toda la gente que había por las calles. Decidí entrar en un Burger King, repleto de personas que reían a carcajadas. Me senté a comer en silencio, recordando momentos felices que no volverían. ¿Cómo podía ser que mis únicos amigos me dejaran atrás? Aún así, quise creer que había sido un malentendido. De hecho, volví a quedar con ellos algunos viernes, pero ya no fue lo mismo. Hablaban entre ellos de asuntos que yo desconocía. Además, no querían jugar al fútbol sino ver tiendas de ropa, cenar y hacer planes de adultos. Yo seguía siendo un niño en un mundo que crecía sin mí.

Pasar a tercero de la ESO no supuso ningún cambio. Seguía siendo el chico invisible. No había descubierto a nadie que me comprendiera. El colegio se había convertido en un espacio al que iba solo a cumplir mis obligaciones, atrapado en una rutina en la que las horas pasaban lentas. El balonmano seguía siendo mi refugio; en la pista encontraba un respiro para expresar lo que mis palabras no conseguían decir. 

Intenté adaptarme y participar en algunas quedadas con los de mi clase. Un sábado, mi madre me acercó en coche, pero no había nadie, pues sin consultármelo habían cambiado el punto de encuentro. Otra vez me habían dejado atrás. Como estaba cerca del pabellón donde entrenaba balonmano, me acerqué para ver a mis compañeros de equipo. Lo primero que hizo uno de ellos fue burlarse de mí: «¡Vaya ceño fruncido llevas!». 

A mitad de curso, la clase de Física y Química se convirtió en un refugio inesperado. No por la materia, que me parecía complicada, sino porque estaba ella. Su presencia era un oasis en medio de la tormenta. Hablábamos poco, pero sus palabras eran un bálsamo para mi ánimo. Su mirada sincera y sin prejuicios me recordaba que aún podía confiar en alguien. Un día le pregunté si podía confiarle aquellas cosas que me hacían sentir mal. Me respondió que estaba encantada de escucharme. Lo hizo, en silencio, y me derrumbé en un mar de lágrimas. Me abrazó, haciéndome sentir como si de pronto yo tuviera una protección divina, como si todo el universo me estuviera cuidando en ese momento.

Cuando me serené, me hizo comprender que en aquel colegio había gente que me valoraba y me quería. Así fue, con un gesto de cariño, como en cuestión de minutos ella se convirtió en mi razón de vivir, en mi mejor amiga.