XXII Edición

Curso 2025 - 2026

María Eugenia Garde

Un placer desapercibido

María Eugenia Garde, 16 años

Colegio Monaita (Granada)

Vuelvo a consultar el reloj: las cuatro y veinte. El tiempo parece avanzar con una lentitud desesperante esta lluviosa tarde de viernes. Miro alrededor: una decena de rostros serios y cansados tratan de mantener el ritmo de la última clase de la semana. Desganada, vuelvo a dirigir mi atención al libro de texto que está abierto sobre mi mesa.

La profesora levanta el rotulador y se vuelve hacia nosotras, para comprobar que todas la seguimos. Ante la somnolencia y el desinterés del aula, anuncia de pronto:

—Esto lo entenderéis mejor si os cuento lo que le pasó al primo de una amiga mía.

De inmediato, despego la mirada del cuaderno y dirijo todos mis sentidos hacia ella, quien, satisfecha ante nuestra reacción, comienza su relato. Una vez más, me giro para observar a mis compañeras. Al igual que yo, escuchan atentas con expresiones expectantes. La rapidez con la que hemos vuelto a la lección parece cosa de magia. La razón, sin embargo, es simple: lo que la seño está a punto de compartir no es algo que podamos anotar en el margen del cuaderno, ni buscar después en internet. Ocurre solo ahí, mientras habla, y desaparece cuando terminan sus palabras. Es algo irrepetible; un gesto sencillo de valor incalculable.

Gracias a este tipo de situaciones, como a la sugerencia didáctica de la profesora, he comprendido que escuchar es un auténtico regalo. Es el ejercicio de una capacidad humana que nos llena, como pocas, de una plenitud difícil de explicar.

Aunque parezca un acto insignificante, nos permite comprender el significado de unas palabras soltadas al aire y conectar con una dimensión distinta, llena de significado. Escuchar no solo caracteriza nuestra naturaleza, es una de las acciones que más profundamente nos conectan con ella. No se trata solo una habilidad de supervivencia: hace mucho tiempo que dejamos de limitar nuestra existencia al hecho de substituir. Al escuchar podemos captar en el mensaje de quien habla mucho más que conocimientos o datos. Descubrimos experiencias, reflexiones y hasta breves reflejos del interlocutor, quien, en un acto de valentía, comparte un pedazo de quién es para dar vida a una sucesión de oraciones, onomatopeyas y expresiones corporales con las que elabora un puente de conexión entre oyente e interlocutor, construido de ideas, lugares, sentimientos, personajes…

El problema es que, aún con la fuerza que tiene esta sencilla acción, pocas veces disponemos de tiempo para realizarla con verdadera conciencia. Nos detienen las constantes distracciones, el ansia de la productividad, de responder antes de comprender. No es extraño que nos hayamos habituado a acelerar los audios de WhatsApp en doble velocidad, a anticipar las palabras del otro o fingir atención mientras nuestra mente divaga, a menudo de forma inconsciente, por mundos interiores.

«Escuchar es un placer de primera categoría para el alma», escuché decir en la radio a un catedrático de Historia y Filosofía, precisamente por estar pendiente de las incesantes notificaciones que iluminaban sin descanso la pantalla de mi móvil.