XXII Edición
Curso 2025-2026
Torpe
Mariana Rodríguez Troncoso, 16 años
Élite Training
–¡Mamá, Lucía ha roto la lavadora!
Lucía golpeó a su hermano en el brazo.
–No es cierto, idiota; yo no hice nada.
–¿Ah, no? –Mateo señaló los controles de la máquina, que titilaban sin parar. Presionó un par de botones, pero no ocurrió nada–. Entonces, ¿qué pasa aquí?
–Que te digo que yo no hice nada… Le di al botón de empezar, y ya está –insistió Lucía.
Pero Mateo no la escuchó. Entonces, llegó su madre.
—¡Lucía... qué hiciste! —exclamó Marcela al acercarse a inspeccionar la lavadora, igual que había hecho Mateo— Solo a ti te pasan estas cosas, hija.
Lucía gruñó:
—¡Que ya les dije que yo no fui! Le di al botón de “Empezar”, como he hecho mil veces antes, y no funcionó. Luego se enloqueció la máquina –respiró profundamente, herida en su orgullo–. ¿Por qué me echan la culpa? ¿Por qué siempre me echan la culpa de todo lo que pasa?
Su mamá se levantó, suspirando.
—No es que te estemos echando la culpa…
—¡Que sí! —interrumpió Mateo. —A ver. Yo usé la lavadora y no pasó nada. Mamá la usó y no pasó nada. Luego la usaste tú y…
Lucía quería salir corriendo para dejar de escuchar aquellas insinuaciones, pero se quedó parada, con los brazos cruzados, mordiéndose el labio. Siempre era ella la que dañaba las cosas. La torpe, incluso aunque no hubiera sido ella. Sabía que no tenía caso defenderse.
Marcela dijo que le dolía la cabeza. Le pidió a su hija que le preparara un café.
—No sé si es una buena idea, Ma —opinó Mateo. —Seguro que rompe la cafetera.
Su hermana volteó a mirarlo con rabia.
—¡Cállate de una vez, Mateo, o te callo de un puño!
Lucía sabia manejar la cafetera; la había utilizado cientos de veces. Sin embargo, esta vez se movió con cautela, atenazada por las palabras de su hermano y de su mamá. Puso el filtro y cuatro cucharadas de café molido. Se aseguró de que la máquina estuviera conectada, cerró la tapa, colocó una taza debajo de la boquilla y presionó el botón de inicio.
Pero no funcionó.
Lo presionó de nuevo, un par de segundos más. La pequeña bombilla sobre el botón, que indicaba que la cafetera estaba prendida, guiñó durante unos segundos, dándole ciertas esperanzas, pero volvió a apagarse.
Presionó el botón muchas veces, con rapidez, para nada, y gruñó frustrada en voz baja; no quería que su hermano la oyera y viniera a ver qué había ocurrido. Su mamá tenía razón. Estás cosas solo le pasaban a ella.
«A ver, pensemos», se dijo. «¿Cómo arreglamos esto?».
Como la tecla de encendido no funcionaba, intentó sacar el filtro para ver si estaba atascado. Y lo estaba, porque necesitó hacer tanta fuerza que se le resbaló de las manos y la cafetera, el mesón y el piso quedaron sembrados de café.
—¡Que desastre! —se quejó en voz baja, poniendo el filtro de nuevo en su lugar.
Entonces la cafetera arrancó de repente y soltó un chorro de agua hirviendo sobre su mano, lo que le obligó a soltar un grito de dolor. Quien vino a su rescate no fue su hermano, ni su madre sino su padre.
—¿Qué pasó, amor? —preguntó agitado, al ver los ojos de la muchacha llenos de lágrimas.
—Ay papá —suspiró Lucía al abrir la llave de agua fría para mojar su mano herida—, soy un desastre —se lamentó llorosa—. Además, he roto la cafetera.
Su padre chasqueó la lengua.
—No, hijita, no eres un desastre. Mira…
Acomodó de nuevo el filtro, lleno de café, y cerró la tapa. Luego desconectó el cable de la pared y lo volvió a conectar antes de presionar el botón de inicio. La bombilla se prendió, la maquinaria del aparato hizo un sonido y la cafetera empezó a funcionar.
Lucía abrió la boca con sorpresa.
–¡Ay, que bueno que no estaba rota.
Su papá se rio:
–No, no estaba rota. Solo faltaba el viejo truco de desconectarla y volverla a conectar; siempre funciona.”
Eso le dio una idea a Lucía.
Corrió a la lavandería, jaló el cable de la lavadora y lo desconectó para, de la misma, volverlo a conectar. Entonces la lavadora se prendió normalmente. Lucía suspiró con alivio.
–Más vale maña que fuerza –entonó el conocido refrán.