XXII Edición
Curso 2025-2026
Si don Quijote hubiese vencido
Francisco Javier García Garrido-Lestache, 16 años
Colegio El Prado (Madrid)
Tanto le dolían los ojos a Fernando que creía haberse quedado ciego. Su mirada permanecía fija en dos jinetes que discutían en la playa, montados sobre sus caballos. Tapando la luz con las manos, resopló. Ni siquiera los brillos del sol sobre la arena lograrían desviar su vista. Al fondo se adivinaba la ciudad de Barcelona que, perezosa, empezaba a despertar.
El sol había silenciado poco a poco la tímida luz de las estrellas. Don Miguel, su maestro, había pasado, en las rocas donde Fernando estaba sentado, un rato escribiendo con su mano sana. Unos matojos los escondían de miradas indiscretas. Una muchedumbre llegada de la ciudad contemplaba la pelea. En primera línea se había congregado un grupo de caballeros.
El semblante de don Miguel irradiaba una emoción inusitada. Anhelaba aquel momento desde que llegó a sus manos una copia de su obra maestra.
A pesar de las penalidades, contagiado por su maestro, Fernando exclamó con entusiasmo:
–El momento ha llegado al fin; el desenlace debe estar próximo.
–Así es –añadió don Miguel–. Con esta escena el último capítulo quedará terminado y no quedará duda alguna del destino de don Quijote. El traidor de Avellaneda deberá buscar otro relato que imitar.
Su aprendiz preguntó intrigado:
–¿Quién cree vuestra merced que ganará el envite?
Don Miguel le amonestó con afecto paternal:
–¿Es que acaso no lo veis? El bachiller está lleno de vida y el hidalgo es una vela vacilante. Sin duda, este caerá derrotado y se verá obligado a regresar a su hogar.
–Así debe ser –asintió el joven–, pues lo han acordado.
Fernando enjugó el sudor de su frente. Aunque había acompañado a don Miguel en sus viajes, no terminaba de comprender la finalidad de aquella justa. La voz ajada de don Quijote interrumpió sus cavilaciones. Don Miguel regresó a sus notas para registrar la escena con pluma y tinta.
–¡Acepto vuestras condiciones! Solo muerto admitiré que haya dama alguna más bella que la delicada Dulcinea. Dios os proteja, que yo, por mi parte, me batiré hasta desfallecer.
Aquel desafío señaló la hora de las armas. Fernando, sorprendiéndose a sí mismo, quiso creer la proclama de don Quijote. Sin embargo, su esperanza se vio envuelta en un sabor amargo, pues sabía que su cumplimiento iba a ser, en el mejor de los casos, improbable.
Las armaduras de los dos caballeros refulgían, dibujando sus siluetas sobre el Mediterráneo. El rival del anciano llevaba como blasón una gran luna blanca y un yelmo cubría su rostro, haciendo de Carrasco un misterio. Frente a él, don Quijote, con una amalgama de armas cuanto menos pintoresca, parecía un espantapájaros. Retrocedieron unas tres centenas de pies, listos para arremeter el uno contra el otro.
La tensión endureció sus rostros cuando sus cuerpos se inclinaron hacia delante, lanza en ristre. Espolearon sus caballos e iniciaron la acometida al trote, subiendo el ritmo hasta cargar a galope tendido, pero a cada paso los cascos de los caballos se hundían en la arena, lo que dificultaba su avance. Aquella carga se mostró como un vaticinio: el caballo del bachiller corría con una energía arrolladora, mientras Rocinante resoplaba y sus patas temblaban de cansancio.
La sentencia de don Miguel parecía cernirse sobre don Quijote a medida que la distancia entre los jinetes se estrechaba. Fernando casi podía palpar el dolor del anciano en su caída. Retrocedió con la memoria unos meses atrás, cuando se había reído a mandíbula batiente con las locuras del hidalgo. Pero, ¿merecía morir?... ¿Debía aquella estrella desvanecerse?... Aferró con fuerza un espejillo de los que usaban para cifrar pasajes.
Los jinetes casi podían sentir el aliento del contrario, y los espectadores el estruendo del choque. Los pensamientos de Fernando cabalgaban tan veloces como los caballos. «No puede fracasar», concluyó. «Es un médico para este reino de razón». Sus dudas se disiparon: debía salvarlo, así que inclinó el espejillo y un destello deslumbró al de la Blanca Luna que, distraído, no dirigió bien el impacto de su lanza. A pesar de que don Quijote lo alcanzó en el pecho, el golpe no fue mortal. Su fuerza era tan escasa que faltó poco para que la lanza se le escapara de la mano.
El ruido sordo de la caída del bachiller produjo un gran estupor. Cuando el hidalgo desmontó y se acercó a él, apenas podía levantarse. Don Quijote exigió:
–¡Vencido estáis! Haced honor a nuestro código de caballería y proclamad lo acordado.
Carrasco recorrió la playa con la mirada, la perplejidad grabada en el rostro. Don Quijote repitió su demanda y, al fin, vacilante, proclamó:
–¡Oh, magnífico don Quijote! No hay en este mundo dama alguna con más gracia que Dulcinea del Toboso –. Al recuperar del todo la consciencia añadió algo más:– Que todas mis hazañas pasen a ser vuestras, que también lo será mi espada. Me pongo a vuestro servicio. ¿Quién entre los presentes se unirá a nosotros?
Los caballeros alzaron sus espadas y gritaron al unísono:
–¡Todos!
Don Miguel no cabía en su asombro. Aquello no tenía que haber ocurrido. ¿Es que, del golpe, Carrasco había perdido también el juicio? Repasaba con mirada nerviosa sus notas. Don Quijote tenía que haber caído derrotado. Pero ahí estaba, triunfante, con sus caballeros.
El hidalgo montó de nuevo en Rocinante y proclamó:
–Venid todos, mi hueste. Maleantes y brujas temblarán al vernos. Dios y la justicia serán nuestros guías.
Gritaron todos, a la vez que cabalgaron:
–¡Sea así! ¡Sigamos a nuestro capitán!
Don Miguel no podía contener su rabia. Su júbilo fue arrollado por aquel grupo que iniciaba su cabalgada. Todos aquellos meses de sudor y esfuerzo se perdían con el triunfo del hidalgo, así que cayó al suelo desesperado, y lágrimas y tinta empaparon el manuscrito. En esas se encontraba, lamentándose de su mala suerte, cuando, de pronto, se percató del espejillo de Fernando. Una luz aclaró sus pensamientos y reprendió a Fernando con los ojos como ascuas.
–¿Por qué lo habéis hecho? Don Quijote debía fracasar y después morir. ¿Acaso no entendéis que, alguna vez, los héroes deben perecer para convertirse en leyenda?
Fernando balbuceó:
–Maestro… Así podrá seguir curando las heridas de este mundo mediante su locura.
–No deberíais haber alterado la historia. ¡Marchaos! Habéis arruinado mi obra.
La sorpresa embargó al aprendiz. Tras unos instantes, proclamó:
–Me uniré a don Quijote. Junto a él me podréis encontrar, si así lo deseáis.
Retrasó su marcha tanto como fue capaz, con la esperanza de que don Miguel se arrepintiera. Mas al ver que no llegaba tan ansiada llamada, partió en silencio y compungido.
Pasaron los meses. Las hazañas de los caballeros andantes recorrían la península como la pólvora. Inmenso fue, sin duda, el renombre que consiguieron y la honra que ganaron para Dulcinea. Don Miguel, golpeado por la edad y el fracaso, se fue apagando. Intentaba llenar el vacío con una nueva novela, pero el peso de la soledad le hundía más y más. Al mismo tiempo que esa tortura espiritual lo corroía, se cebó en él la enfermedad. Una sed abrasadora acabó por convertirse en su indeseable compañera.
Un año después, aquel árbol anciano se marchitó al fin. El polvo fue sepultando la pluma que cubrió de oro toda una época. En el funeral se presentó un variopinto grupo de caballeros. Uno de ellos, apenas un muchacho, Fernando, guio a don Quijote hasta el féretro. El hidalgo le interpeló:
–¿Así que este fue el cronista que relató mis andanzas?
Fernando esbozó una sonrisa apenada.
–Sí, era él.