XXII Edición
Curso 2025 - 2026
Ruido y silencio
María Eugenia Garde, 16 años
Colegio Monaita (Granada)
Es jueves por la noche y camino a paso ligero por las abarrotadas calles de mi ciudad, mientras repaso mentalmente todo lo que aún me queda por hacer: los ejercicios de matemáticas deberían ser lo primero, después la ficha de inglés, tal vez podría repasar formulación orgánica en el autobús y rellenar la autorización para la excursión escolar. Aunque no lo perciba por estar ensimismada en mis deberes, a mi alrededor todo sigue el mismo ritmo frenético que mis pensamientos, un torbellino que no cesa.
Hay gente que camina y otros corren. Los coches avanzan, paran, pitan… Las voces llenan el aire, se cruzan, se apagan. Todo es un remolino constante de sonidos, luces y movimiento. Veo mil cosas, oigo mil más, pero en realidad no observo nada, no escucho nada. El ruido ha tapado un murmullo sigiloso, una lengua ancestral que hemos olvidado, pues debajo de todo el alboroto hemos dejado de oír el sonido del silencio.
El silencio es un acontecimiento extraordinario, a pesar de que en las escasas ocasiones en las que aparece no le prestemos atención. Vivimos en una sociedad marcada por la inmediatez, el cambio continuo y la espontaneidad, sin un instante de quietud. Enseguida convertimos la calma en un vacío que nos vemos obligados a llenar. Lo cubrimos con música, en un scroll infinito, con conversaciones triviales y horas interminables de plataformas. Nos han hecho demasiado fácil deslizar el dedo para alejarnos de todo aquello que no nos estimula al instante.
Es en el silencio, en lo escondido, donde ocurren los milagros: en las rosas que florecen al llegar la primavera, con la promesa de un nuevo comienzo; en la calmada respiración de un niño que duerme; en el calor de las caricias de su madre; en la mirada luminosa de un alumno que por fin entiende las ecuaciones cuadráticas; en el orgullo sereno de su maestra; en un sigiloso abrazo que expresa más comprensión y apoyo que cualquier palabra; en la oración esperanzada ante un solemne y cercano crucifijo; en las lágrimas que se deslizan por tantas mejillas; en las sonrisas que nacen para consolarlas.
El silencio no es, como creemos, ausencia ni vacío sino un lenguaje especial que no siempre queremos o sabemos descifrar. Es una lengua que no entiende de idiomas, de culturas ni de fronteras. Es cariño, dolor, comprensión, ilusión, descanso, miedo... Es tantas cosas, que no entiendo cómo podemos confundirlo con la nada. A veces asusta, pero, cómo cambiarían las cosas si aprendiéramos a escuchar lo que nos grita. Si lo más importante es lo más pequeño, lo más silencioso es aquello que no solemos apreciar.
Cada mañana el sol nos regala un nuevo día, un nuevo despertar en un mundo repleto de posibilidades, y todo ello sin provocar un solo ruido.