XXII Edición

Curso 2025-2026

Lucía Olabarri

Reencuentro

Lucía Olabarri, 16 años

Colegio Ayalde (Vizcaya)

Ricardo despertó en la camilla con el cuerpo adormecido y sin dolor. Tras unos minutos que permaneció absorto, reparó en el periódico pitido del electrocardiograma –pii, pii, pii… cantaba y callaba–, que le recordó a la melodía de los pájaros que se posaban en su ventana. Tenía algunos tubos clavados en la piel, y estaba impaciente por moverse.

Cuando su madre entró en la habitación, se quedó sorprendida ante el estado de consciencia de su hijo, al que besó en la frente con cuidado de no hacerle daño.

—Los doctores dicen que la operación ha sido un éxito —los ojos de la mujer se tornaron brillantes–. Vas a empezar a vivir como una persona normal; empezarás a disfrutar de la vida sin dolor. Demos gracias a Dios por habernos cruzado con aquella persona…

Unas semanas después volvió a su casa. Impaciente por observar a los gorriones apoyados en el saliente de su ventana, se desanimó al no hallar ningún ave.

—¿Y los pájaros?

—¿Qué pájaros? –le respondió su madre con otra pregunta.

Se extrañó. La casa permanecía tal como la recordaba, pero a la vez parecía una vivienda completamente diferente. Quizás por eso se acostó con un peso en el pecho. Soñó con un chico joven, en uniforme de baloncesto, alto y moreno, con la frente perlada de sudor, la respiración entrecortada y una sonrisa, que gritaba: «¡Vamos, Mateo! ¡Vamos a ganarles!».

Y se refería a él, pero le llamaba con aquel otro nombre, “Mateo”.

Ricardo estaba cansado, igual que su compañero, pero ambos le hacían canastas al equipo contrario. El balón rebotaba contra el suelo y regresaba a las manos de Mateo, que enrojecieron por tantos impactos. Las zapatillas les rechinaban contra el suelo. De pronto oyeron el silbato del árbitro, que marcó una falta. En las gradas estaban sus padres y su hermana, aunque con otros rostros. Mateo les guiñó un ojo y se colocó en posición para recibir el balón, que impactó contra su pecho.

Ricardo despertó con un sudor frío y un nombre en los labios: Julián. Así se llamaba aquel compañero de equipo.

A la mañana siguiente, salió a pasear con su madre. Le invadían las ganas por visitar a su amigo.

—¿Podemos ir a casa de Julián?

—¿De quién hablas?

—De mi amigo, mamá.

—Tú no tienes ningún amigo que se llame así.

Lo mismo le ocurrió con Raquel, Sandra, su patinete eléctrico, su equipo de baloncesto, su MP3 cargado con sus canciones favoritas, Javi, su colección de cromos, su par de zapatos rojos y todas esas cosas que, de pronto, nunca habían formado parte de su vida. Atormentado, decidió contárselo a su madre:

—Me está pasando algo. Recuerdo a la perfección cosas que no han ocurrido, objetos que nunca he tenido, personas con las que jamás me he relacionado. Sé cada detalle, cada nombre, como si fueran parte de mi propia vida.

A Marisa cada día le costaba más levantarse de la cama. Deseaba vivir con normalidad, pero estaba anclada en el recuerdo de Mateo. Trataba de sonreír, de ser agradable, pero sabía que nadie podía comprender el sufrimiento de una madre que ha perdido a su hijo de un día para otro, sin un aviso ni un adiós, obligada a permanecer firme para su marido y su otra hija, que también estaban ahogados en el dolor de la pérdida.

Llevaba días encerrada. Su casa, de pronto, se había convertido en un asfixiante presidio. De repente, sintió la necesidad de maquillarse y salir a la calle. El aire que sintió en el rostro al cruzar el portal le pareció algo de otro mundo.

Ricardo llevaba cinco minutos con la mirada fija en aquella mujer. Sentía algo extraño al mirarla, como si reconociera a su propia madre. Decidió acercarse a ella. Los latidos le golpeaban la garganta cuando se atrevió a decirla:

—Te recuerdo. Soy Mateo.

Ella le miró, desconcertada, mas al encontrarse con las pupilas de Ricardo, sintió que el corazón se le desbordaba. Se había quedado muda. ¿Quién era aquel hombre y por qué conocía el nombre de su hijo? Podría haberle lanzado alguna pregunta, pero Marisa lo abrazó. Era un extraño y, a la vez, sabía que se trataba de su hijo porque portaba el corazón de su pequeño. Ricardo también la abrazaba al mismo tiempo que abrazaba a su madre.

—Gracias —sollozó Marisa.

—Gracias a ti, mamá. Y a Mateo –le respondió Ricardo.