XXII Edición
Curso 2025-2026
Recuerdos de abu
Marta Luengos, 17 años
Colegio Ayalde (Vizcaya)
Marisa llevaba varios años trabajando en la cafetería, por lo que conocía a los clientes habituales: el señor con traje que entraba todas las mañanas a por un café solo para llevar, una pareja de universitarios que en las tardes más frías solían reunirse ahí para estudiar, mientras disfrutaban de un chocolate caliente o de un zumo de naranja cuando subían las temperaturas, una madre con un carrito y su otro hijo de la mano, que usaba el baño para cambiarle los pañales al pequeño... Marisa tenía sus clientes favoritos: un anciano y su nieta veinteañera, que los martes visitaban la cafetería. Se sentaban en la mesa más cercana a la puerta, y el abuelo se acercaba a la barra para pedir dos cafés con leche y un bollo de mantequilla para compartir.
Cuando Marisa iba a recoger su mesa, se encontraba con una taza vacía y otra a medias. Descubrió que esta era la del abuelo, porque se pasaba la mayoría del tiempo hablando. La joven se limitaba a escucharle y de vez en cuando le lanzaba alguna pregunta.
Una mañana, el señor con traje acudió a por su café; y por la tarde la pareja de universitarios se sentó para hacer esquemas. Más tarde entró la madre con sus hijos. Cuando esta estaba a punto de salir, apareció la joven para abrirle la puerta. No era martes sino viernes, y no venía acompañada por su abuelo. Se sentó en la mesa más alejada de la puerta y pidió un chocolate con churros. Marisa se sorprendió ante estos cambios, pero no le dijo nada.
La joven merendó en silencio y se fue. El siguiente martes no volvió. Y el siguiente tampoco. Su ausencia se alargó durante más de un año. Una vez finalizó el curso, la madre con sus hijos también dejó de ir ,y los jóvenes pasaron del chocolate al zumo, y otra vez al chocolate.
Al fin, un martes volvió la muchacha con una mochila en la espalda. Pidió su café con leche y el bollo de mantequilla, antes de tomar asiento en la mesa más cercana a la puerta. Sacó su portátil y comenzó a pulsar las teclas. Marisa le llevó su pedido sin quitar la mirada a la puerta, segura de que el abuelo estaba a punto de entrar. Pero no fue así. La joven dejó medio bollo de mantequilla sin tocar.
A la semana siguiente apareció acompañada del hombre con traje. Ella vestía unos pantalones, una americana y su mochila al hombro. Se sentaron en la mesa habitual, y mantuvieron una breve conversación antes de que el señor se pusiera en pie y saliese del local. Ella se quedó un rato más, con los ojos clavados en la silla vacía.
Volvió un mes después, con la mochila y una sonrisa que no le cabía en la cara. Se sentó en la mesa y pidió dos cafés con leche y un bollo de mantequilla. Pocos minutos más tarde entró una señora empujando en una silla de ruedas al abuelo. Aquella mujer salió de la cafetería y el abuelo volvió a partir el bollo de mantequilla en dos.
La joven abrió su mochila, despacio, y sacó un libro azul cuyo título Marisa fue incapaz de leer. El abuelo tomó con las manos el libro de su nieta como si de un bebé se tratase y hojeó las primeras páginas. Esta vez el café que quedó a medias fue el de la nieta. Tres cuartos de hora después, la señora volvió a entrar en la cafetería y se marcharon todos juntos.
Al recoger la mesa, Marisa se dio cuenta de que se habían dejado el libro. En la tapa había unas letras doradas:
“Recuerdos de abu”
Ester García.
A Marisa le pudo la curiosidad; no pudo evitar abrirlo.
“Para Marisa, por haber formado parte de la creación de estas páginas. Las tardes de los martes siempre ocuparán un lugar muy grande en mi corazón”, leyó.
