XXII Edición
Curso 2025-2026
Polaroid
Daniela Rodríguez, 17 años
Colegio Senara (Madrid)
—Ya conoces las reglas: tengo un límite de doce horas. Debo seguir tus instrucciones y, bajo ningún concepto, se me permite cambiar el pasado. Solo puedo observar. Ya lo sé, me lo has repetido mil veces —contestó Leo, que estaba impaciente a causa de la adrenalina que le provocaba aquel encargo y, a la vez, aburrido de escuchar el mismo sermón de Oliver.
—Tómatelo en serio; cuando viajas al pasado, pones en riesgo el presente de todos —le reprendió una vez más—. Tu misión es simple: adéntrate en la mente de la madre que tomó esta foto y escucha el mensaje que su hijo le dio antes de marcharse.
—¿Marcharse? ¿A dónde?
—Eso no es importante, Leo —le cortó Oliver.
A Leo siempre le había molestado que su compañero fuera tan reservado con los detalles del futuro, pero como confiaba en él guardó silencio.
Oliver le extendió la fotografía. Era una Polaroid antigua, en la que un chico de unos veinte años sonreía a la cámara. Según la clienta, era la última imagen de su hijo, tomada en 1998 antes de que se perdiera entre la multitud del festival. Nunca lo había vuelto a ver.
—¿Estás listo, Leo?
—Hagámoslo.
Oliver le puso la mano sobre el hombro para anclar la conexión mental. Chasqueó los dedos y Leo se sumergió en el recuerdo. Su habilidad le permitía habitar la perspectiva del dueño de la memoria; en este caso, de la madre.
Cuando abrió los ojos, el frío del presente había sido sustituido por el calor sofocante de un festival de verano. Era su ciudad, pero el aire se sentía distinto, más denso. Un cartel cercano anunciaba la "Tercera edición del Festival de Verano". Enfrente, el chico de la foto lo miraba mientras él —más bien, la madre— sostenía una cámara antigua.
—¿Qué tal ha salido? —preguntó el joven.
Entonces la voz de Oliver resonó en su cabeza desde el presente:
«Leo, no te distraigas. Solo escucha el mensaje y sal de ahí. No interactúes más de lo necesario».
Sin embargo, Leo permaneció hipnotizado por la luz dorada de la tarde, consciente de que aquel chico estaba a punto de desvanecerse.
—He cerrado los ojos. Tendremos que repetirla —dijo el chico.
Al acercarse a Leo, lo sacó del trance:
—A mí me parece que ha quedado muy bien –le contradijo–. Ahora vete, antes de que tus amigos descubran que te ha traído tu madre —le animó, sonriendo por instrucción de Oliver.
El chico se acercó para darle un abrazo y le susurró algo al oído que lo dejó paralizado:
–Mamá, volveré antes de que oscurezca.
A pesar de que se le formó un nudo en la garganta, Leo mantuvo la compostura. Sonrió al despedirse del chico, mientras este se alejaba. Sabía lo que iba a venir, pero las reglas eran sagradas: “No se puede cambiar lo que ya fue”.
Entonces Leo vio a un hombre sospechoso, que seguía al muchacho desde cierta distancia. Aquel era el momento exacto en el que todo se torcía. Leo no pudo más… No poseía la frialdad de Oliver ante las emociones, no podía quedarse sonriendo mientras el hijo de aquella buena mujer caminaba hacia el vacío, así que decidió dar un paso hacia el perseguidor, para ganar tiempo, alterando la trayectoria del chico.
Oliver le gritó en su mente:
–¡Leo, no! Si intervienes, el futuro se romperá. ¡Sal ahora mismo!
Era tarde: el pasado había mutado.
Oliver observó que la foto comenzaba a pixelarse. Al mismo tiempo Leo, desde el festival, cayó de rodillas a causa de un dolor agudo que le atravesó el pecho. Las luces se apagaron, el sol perdió su brillo y un agujero negro empezó a devorar el suelo bajo sus pies.
—¡Leo, sal de ahí! La línea temporal se está desvaneciendo… Si no sales, desaparecerás con ella —bramó Oliver.
Leo obedeció y al fin regresó a su cuerpo. Al abrir los ojos, se encontró a su amigo, que lo fulminó con una mirada cargada de una ira que nunca antes le había visto.
—¿Qué has hecho? —le preguntó Oliver con una voz que desbordaba veneno.
—Sólo quería salvarlo... Podía hacerlo… Solo tenía que...
—¡Esa no era tu misión! El pasado no se toca; lo sabes. ¿Es que no eres consciente de que tu actitud tendrá ramificaciones terribles? ¿Tienes una idea de lo que has provocado?
Leo estaba a punto de derrumbarse bajo el peso de su error, cuando sonó el teléfono del estudio. Oliver se tomó un segundo para calmarse y respondió.
–Dígame…
Leo juró ver un rastro de sorpresa —y algo parecido al horror— en los ojos de su amigo, quien al colgar se volvió hacia él. Ya no había furia en su rostro, solo una mezcla de decepción y de pesar.
—He aquí las ramificaciones.
Le entregó un sobre pequeño, uno de los que usaban para entregar sus trabajos de "restauración". Leo lo abrió con manos temblorosas. Dentro había una fotografía Polaroid que mostraba el festival, cálido y lleno de vida. En el centro de la imagen ya no estaba el chico sino una mujer que sonreía con ternura a quien tomaba la foto. Era ella: la madre.
—Ha llamado nuestro cliente —dijo Oliver en voz baja, refiriéndose al teléfono—. Preguntaba si ya hemos terminado de restaurar la imagen de su madre. Quiere tenerla antes del sábado, para el aniversario de su desaparición.
Leo sintió que el mundo se detenía.
—Te lo dije –le reprochó Oliver–: en este negocio, cada vez que salvamos un pasado, perdemos un presente.