XXII Edición

Curso 2025 - 2026

Alejandro Quintana

Operación La Fosa 

Juan Morales, 14 años

Colegio María Teresa (Madrid)

Samuel trabaja como buzo para una empresa llamada “Sea Horizons”, cuya sede se encontraba en Santa Cruz de Tenerife, una de las islas Canarias. El último proyecto que habían recibido consistía en realizar una inmersión en la zona hadal del océano Atlántico, a más de seis mil metros de profundidad, en donde la oscuridad es absoluta, las temperaturas son muy bajas y la presión insoportable. “Sea Horizons” habían firmado un contrato con una compañía de prospección gasística y Samuel había recibido la orden de realizar la arriesgada misión, pues era el buzo más experimentado de la plantilla.

La mañana de la inmersión, Samuel se levantó como si empezara una jornada más: se duchó, se vistió con el chándal de “Sea Horizons”, desayunó unas tostadas con aguacate y un café con leche, salió de su casa, se subió al coche y condujo hasta el edificio en el que trabajaba. Al entrar, sus compañeros le recibieron con una sonrisa de apoyo, pues eran conscientes del peligro al que iba a enfrentarse. 

–Volveré, no os preocupéis –les dijo en son de broma, para que los ánimos se relajaran.

Samuel subió en ascensor a la última planta, donde le esperaban los ejecutivos de la compañía. 

–Toma asiento –le invitó Juan Carlos, director general de “Sea Horizons”. 

Analizaron los últimos detalles de “Operación Fosa”, que era como habían bautizado al proyecto. Al finalizar aquel encuentro, en el que se respiraba mucha tensión por las incógnitas que podían presentársele al buzo en el encuentro con aquella profundidad desconocida, Juan Carlos se dirigió a Samuel:

–Te esperan en el muelle. ¡Y dame un abrazo!

–De acuerdo, pero quitaos cuanto antes esa cara de funeral –le respondió, provocando una carcajada en el grupo de directivos.

Al llegar se encontró a Miguel y Sofía, ambos biólogos marinos, en un barco. Mientras se dirigían al punto de inmersión, hablaron con Samuel sobre el submarino: 

–Acabamos de revisar el tanque; sabes bien que tienes cinco horas de oxígeno –le explicó Miguel–. Confía, porque es más que suficiente para que puedas bajar, cumplir tu misión y ascender. Y por si tienes problemas, hemos desarrollado un sistema de eyección que te propulsará a una velocidad altísima a la superficie. Se activa con este botón rojo.

Cuando llegaron al punto indicado, Samuel se acomodó el equipo y entró al submarino. Después de cerrar la escotilla, se zambulló y comenzó a hundirse. La voz de Miguel comenzó a través del panel de control : 

–Samuel, ¿me oyes? –le saludó.

–Alto y claro –afirmó Samuel muy relajado. 

Mientras descendía, vio innumerables animales marinos, desde peces a crustáceos diminutos y otros de más de metro y medio de longitud. Entretanto, la luz se fue apagando, y la vida oceánica también.

–Cuatro mil metros –señaló Sofía –. Te quedan unos treinta minutos de oxígeno.

–Entendido –dijo Samuel, algo nervioso, que acababa de encender los faros de la nave. 

– Faltan diez minutos; ándate con ojo –le avisó Miguel un rato después.

–Copiado –le respondió, más nervioso que al inicio.

Al llegar a su destino, todo permanecía sumido en una oscuridad total. Prendió los focos y comenzó a percibir cientos de luces diminutas. Eran microorganismos fluorescentes. Al aumentar el brillo de los faros, los microorganismos desaparecieron y, en su lugar, pasaron a su lado media docena de peces de aspecto monstruoso. Samuel se sentía fascinado, pero cuando se disponía a hacerles una foto, los peces desaparecieron a una velocidad de vértigo. Tras unos segundos en los que la respiración acelerada de Samuel se percibió a través de la radio, dos tentáculos del tamaño de unos remos se pegaron al cristal del submarino.

–¡Es un calamar gigante! –gritó Samuel al ver que el molusco comenzaba a comprimir la cabina–. Ha llegado el fin –se lamentó.

De repente, una nube de sangre cubrió la cabina. 

–¿Qué ha pasado?  –dijeron Samuel, Sofía y Miguel al mismo tiempo.

Mientras la cortina de sangre se diluía, una sombra pasó por encima del buzo. Cuando la sangre se disipó, apuntó con los faros hacia la sombra. En ese instante, unas fauces del tamaño de un autobús escolar se dirigieron hacia la nave.

–¡El botón rojo! -le recordó Miguel.

Samuel lo presionó y salió disparado en una cápsula a una velocidad altísima mientras el monstruo devoraba el submarino.

–¿Que es esa cosa? –quiso saber Samuel, con el corazón desbocado.

–No lo sabemos -le dijo Sofia con un regusto de emoción.

–¿Te das cuenta, Samuel? ¡Hemos hecho un gran descubrimiento!–exclamó Miguel aún más ilusionado.

La cápsula que contenía a Samuel se asomó a la superficie. El buzo salió rápidamente de la esfera y esperó a que una lancha le llevara al barco. Una vez en cubierta, se abrazó a sus compañeros y, por fin, consiguió relajarse.

–Os aseguro que no seré yo quien vuelva a bajar en busca de gas –les comentó divertido–. No quiero hacer nuevos amigos.