XXII Edición

Curso 2025 - 2026

Alejandro Quintana

Omnia causa fiunt
(Todo ocurre por una razón) 

Flavia Gutiérrez, 14 años

Colegio Salcantay (Lima, Perú)

Recuerdo la primera vez que me inscribí en una piscina para comenzar mis entrenamientos como nadadora de competición. Por entonces no podía imaginarme que, once años después, acabaría sumando medallas, amistades y recuerdos que guardaré  toda la vida. La natación ha significado para mí muchas cosas: juego, rutina, refugio y exigencia, risa, llanto, aprender a perder y, a veces, a ganar.

A los ocho años escuché mi nombre para que me subiera a un podio por primera vez. No solo supuso recibir una medalla, sino ratificarme en todo el esfuerzo que había detrás de ella. Entendí que mejorar duele, pero vale la pena.

La natación me ha dado amistades que se volvieron familia: compañeras que me abrazaron hasta cuando llegaba la última, que no han dejado de animarme hasta en mis peores resultados. Con ellas he aprendido que un deporte no solo consiste en ganar a tus competidores, sino en sostenerse unas a otras cuando las cosas no salen bien. En el agua éramos rivales; en la superficie somos amigas. Nos reíamos antes de nadar, llorábamos en el vestuario y volvíamos a reír, como si nada. En esto consiste crecer: en aprender a compartir lo bueno y lo menos bueno.

Mis padres siempre me acompañaban desde la tribuna, con el celular en la mano para grabar mis carreras, que después volvían a ver con tanta emoción como si yo hubiese participado en la final de unas Olimpiadas. Nunca faltaron, ni siquiera en mis peores momentos

Con el tiempo, algo cambió. No fue solo perder la pasión por este deporte, sino el cansancio de llegar tarde al colegio casi todos los días, de vivir con el reloj apretándome cada jornada. Entrenaba, nadaba, cumplía, pero no disfrutaba como antes. Tampoco sabía cómo renunciar, pues nadar era parte de mí, incluso cuando dejó de hacerme feliz. 

Entonces llegó la lesión. La ignoré durante muchos años, hasta que me enteré de que me había desgarrado el supraespinoso del hombro derecho. El médico me advirtió que no podría volver a competir y no quise creerlo. Busqué doctores que me dieran otro diagnóstico, pero, en el fondo, lo único que buscaba era oír que todo volvería a ser como siempre.

Lloré mucho. Por lo que hice y por lo que no hice: por las carreras que no nadé y por las que pude nadar mejor, por las metas que no cumplí y por aquellas que sí. También, sin darme cuenta, empecé a mirar atrás con otros ojos. Todo había sido mucho más grandioso de lo que pensé mientras lo vivía. Empecé a apreciar los momentos cuando todavía están ocurriendo, aunque lo entendí tarde; a valorar el abrazo después de una mala carrera y el grito de ánimo desde la tribuna. Aprendí que las cosas no duran para siempre, pero que eso no las hace menos importantes.

He dejado de nadar, pero llevo con orgullo las enseñanzas que me dejó la natación: en la forma de enfrentarme a lo que es difícil, en la disciplina que me acompaña en todas mis actividades. La piscina ya no es mi lugar diario, pero fue mi casa durante años, y eso nadie me lo quita.