XXII Edición
Curso 2025 - 2026
Nostalgia por la tierra
Natalia Sepulcre, 17 años
Colegio Altozano (Alicante)
¿Se puede sentir nostalgia de lo que no se ha vivido? Hace algún tiempo lo hubiese puesto en duda. Sin embargo, hoy tengo el pleno convencimiento de que la respuesta es afirmativa, porque se puede añorar algo que solo se ha conocido de manera remota.
En mis diecisiete años nunca he pasado la Navidad en casa. Por tanto, tampoco en mi ciudad. Por costumbre familiar siempre la celebro en Madrid, donde vive mi familia materna, que es originaria de Venezuela. Cuando alguien me pregunta de dónde soy, respondo sin dudarlo: «de España», pero considero que es una fortuna compartir mis raíces con ese país iberoamericano.
A causa de la crisis política que sacude Venezuela, no he tenido el placer de conocer esa tierra que me ha regalado tanto (la riqueza cultural que he recibido y que atesoraré de por vida), lo que no es óbice para que, desde que tengo uso de razón, la ame, pues, aunque sea de forma indirecta, la tengo presente a diario y, en cierto modo, me hace ser como soy. Conservo numerosos relatos y anécdotas familiares que ocurrieron allí, y reconozco que disfruto como una niña cada vez que las escucho. Por eso me fascinan los momentos que paso junto a mis abuelos y mis tíos, pues me transmiten los detalles de nuestra cultura venezolana que, algún día, transmitiré a las futuras generaciones.
Mentiría si digo que no me muero de ganas por conocer cada rincón de la casa familiar, pues sin haberla visto me la sé de memoria. También de ver el imponente Ávila desde el jardín de los abuelos, y no solo en fotografías, y por supuesto comer arepas y tequeños más allá de las ocasiones especiales.
Cada Navidad se convierte en una posibilidad de trasladarme a Venezuela o, mejor, de regresar a Venezuela aunque no haya pasado allí un solo instante. Comer las hallacas de la abuela cada 25 de diciembre es rozar un trocito de cielo con el paladar. Recibir los momentos que forjaron nuestros antepasados, con el tono de la nostalgia y la esperanza, es un regalo por el que me siento muy afortunada.
Con toda probabilidad, mis abuelos no tendrán la oportunidad de conocer una Venezuela totalmente libre. Incluso, cabe la posibilidad de que yo tampoco. Lo más importante es que me han transmitido el espíritu de pertenencia y arraigo a ese país que, se supone, “no conozco”. Estoy convencida de que cuando un venezolano se atreve a no traicionar su acento ni su historia, está cuidando y conservando su identidad.
Hay infinidad de canciones que, en cada verso, desde la naturalidad del lenguaje, expresan el deseo de regresar. Este anhelo lo comparten millones de venezolanos. Y no es un orgullo vacío sino un canto de añoranza. Al pueblo lo une todo lo que le han arrebatado, que anuda su sentimiento de pertenencia. Los años de silencio y adaptación, han servido para cultivar una sensibilidad y una empatía maravillosa entre compatriotas. A pesar de que las circunstancias no han sido nada fáciles, esta unión permanecerá para siempre.
Existe esa nostalgia tan extraña y peculiar hacia lo que no se ha vivido pero parte de las experiencias de otras personas, capaces de trasladar sabores y ritmos con profunda emoción. Como dice mi abuelo: «Familia que reza y permanece unida, jamás será vencida». Un ejemplo de ello son las millones de familias venezolanas que, a pesar de la distancia y de los años en tierra extraña, mantienen el orgullo de ser venezolanas.
