XXII Edición
Curso 2025 - 2026
Nadia y Lexa
Chinyere Adetunji, 17 años
Stella Maris La Gavia (Madrid)
«Que volvamos a vernos». Fue lo último que me dijo Nadia mientras me abrazaba.
Fue un abrazo cálido. Sentí su respiración, su latido. Sus ojos brillaban con ternura y su mirada estaba llena de esperanza, tranquila, como si todos nuestros problemas hubieran desaparecido. Lo que ni ella ni yo sabíamos es que aquel abrazo iba a ser el último.
Cuando nació nuestra hija Lexa, Nadia desarrolló una depresión posparto. Cada día parecía más cansada, más triste, como si algo dentro de ella se estuviera apagando. Decidimos ir al psicólogo. Nos ofrecieron participar en un experimento, que prometía eliminar el dolor emocional. Nadia se negó. Desconfiaba de que fuera a tener éxito, pero yo le pedí que lo hiciera por nosotros, por Lexa, por el futuro de nuestra pequeña familia. Aceptó.
Desde que volvió del experimento no es la misma: no recuerda por qué motivo elegimos Lexa como nombre para nuestra hija. No recuerda el día que nos dimos nuestro primer beso. No recuerda la fecha de nuestro aniversario.
Nadia ya no es Nadia, pues la Nadia que yo amaba no habría dejado a Lexa llorando de hambre, ni se hubiera negado a acostar a nuestra pequeña por las noches. Esta nueva mujer tampoco le canta nanas para que se quede dormida en la cuna. No es Nadia, repito; estoy seguro.
Un día, al regresar del trabajo y acercarme a la puerta, escuché de nuevo el llanto de Lexa. Me apresuré a abrir y… me encontré con Nadia. Mejor dicho; me encontré con la impostora. Lexa estaba en el suelo mientras Nadia descansaba en el sillón, repitiendo una y otra vez:
«Abandona tu dolor y serás feliz».
Corrí hacia la niña, que enrojecía en llanto. Al tomarla en brazos, comencé a gritarle a Nadia:
—¡Tú no eres mi mujer! ¡La Nadia que conocí preferiría morir antes que hacer algo así!
Me miró con ojos llorosos y se marchó de casa en una carrera enloquecida. Fue la última vez que la vi.
Desde ese día comenzaron mis pesadillas. En ellas sueño que abrazo a Nadia antes de que entrara al experimento. Ella me acaricia con dulzura y me dice:
—Que volvamos a vernos, amor mío.
Entonces todo se vuelve oscuro y su rostro cambia: me mira con odio, me acusa, me llama “asesino”, pues cree que fui yo quien la mató.
Es verdad; yo la maté. Maté a la Nadia que acunaba a Lexa. A la Nadia que echaba a cantar nada más verme, aunque estuviera agotada. A la Nadia que soportaba el sufrimiento. Esa Nadia jamás regresará.
Quería eliminar su dolor, pues estaba convencido de que la angustia era su peor enemigo, sin darme cuenta de que, en realidad, la mantenía unida a nosotros. Nadia nos amaba. Con dolor, pero nos amaba. Y cuando la obligué a participar en aquel experimento… dejó de ser ella.
Estas pesadillas se me repiten una y otra vez, hasta que el peso de la culpa se vuelve insoportable para mí. Por eso decidí renunciar a todo, acabar con... Escuché el llanto de Lexa. Nadia jamás hubiera querido que abandonara para siempre a nuestra niña. Todo lo que hicimos, lo hicimos para protegerla. Debo seguir. Por ellas: por Lexa, por Nadia.
