XXII Edición

Curso 2025-2026

Matías Sánchez

Mi libertad tiene forma de pelota

Matías Sánchez, 16 años

Colegio Santa Margarita (Lima, Perú)

Cuando rememoro mi niñez, no resuena en mi memoria un regalo o una celebración de cumpleaños, sino una pelota. La imagino desplazándose por el parque, botando en la acera o escapándose de mis pies justo cuando creía tenerla bajo control. Por esto es fácil comprender que el fútbol no es para mí un pasatiempo efímero, sino una pasión, un medio para experimentar mi libertad.

Mi travesía futbolística se ha desarrollado en el parque, en academias y en cualquier espacio que permitiera correr detrás de la pelota. Siento que el balón me llama por mi nombre. No necesito un campo profesional ni un evento importante: bastan mis ganas de jugar. Me apasiona el fútbol porque puede surgir en cualquier momento y transformar lo ordinario en algo memorable. Una pelota y un poco de espacio son suficientes para que el día cambie por completo.

En el colegio, durante los recreos, jugamos a “camotito”: el reto es evitar que la pelota toque el suelo, mediante pases precisos y, si es posible, lanzar uno largo que sorprenda a los demás. A veces, una buena secuencia de toques es tan valiosa como anotar un gol. Hay momentos en los que jugamos tan bien que nos creemos mejores de lo que realmente somos, y otros en los que nos confiamos demasiado y arruinamos la jugada.

Practico el balonpié en una academia, donde entrenar es diferente a jugar por diversión, pues requiere disciplina, esfuerzo y paciencia. Hay días en los que todo sale bien y la pelota parece obedecer mi voluntad, y otros en los que nada resulta como espero. Sin embargo, eso me motiva a seguir, porque el fútbol me ha enseñado que no se trata de ser el mejor, sino de no rendirse.

Una vez me rompí el codo y llevé un yeso durante más de dos meses. Lo más difícil no fue el dolor, sino quedarme en el banquillo. Sentía que me faltaba algo, así que regresé con el mismo entusiasmo de siempre. Esa experiencia me hizo entender que el fútbol es parte esencial de mi vida.

En el parque, el fútbol también se convierte en una forma de compartir el tiempo con mi familia. A veces terminamos discutiendo por una falta, como si estuviéramos en una final, pero nos basta correr un rato, reírnos y disfrutar del momento para sentirnos dichosos.

Cuando juega Alianza Lima, el equipo del que soy hincha, o la selección peruana, siempre estoy presente, pero mi afición no se mide por el número de partidos que veo, sino por lo que siento en ellos. Ser hincha implica emocionarse, frustrarse, tener esperanza y volver a creer. Nunca olvidaré cuando Perú clasificó al Mundial de 2018. Sentí una alegría difícil de explicar con palabras, y comprendí que el fútbol también se comparte, pues todo el país quedó unido por la misma emoción.

El fútbol es parte de mi infancia, de mis recreos, de mi familia y de algunos de mis recuerdos más felices. Me ha enseñado a levantarme y a disfrutar de lo sencillo. De alguna manera, mi libertad tiene forma de pelota.