XXII Edición

Curso 2025 - 2026

Vasco Vargas

Lecciones en Piso 9

Vasco Vargas, 17 años

Colegio Santa Margarita (Lima, Perú)

El edificio donde se celebraría el Congreso Nacional de Jóvenes Líderes era un gigante de vidrio y metal, imponente, en el corazón de San Isidro, Lima. Con sus veinte pisos reflejaba el lujo de una ciudad que se enorgullecía de su modernidad. A las nueve y media de la mañana, tres adolescentes que no se conocían subieron en ascensor rumbo al auditorio del piso quince. No podían imaginarse que durante esa breve travesía, el ascensor se convertiría en el salón de aprendizaje más importante de sus vidas.

Diego, de dieciséis años, vestía ropa de marca, un reloj de lujo y auriculares inalámbricos. Hijo de un empresario limeño, había llegado al evento en una camioneta con chofer. Se sentía cómodo en los ambientes controlados: aire acondicionado, confort y un estilo de vida sin sobresaltos. Era un joven acostumbrado a soluciones rápidas, a la inmediatez de todo lo que le rodeaba.

Teófilo, también de dieciséis, provenía de un pequeño pueblo de las alturas de Ayacucho. Se había levantado a las tres de la madrugada, para viajar durante catorce horas en autobús y caminar tres más hasta llegar al edificio. Su ropa estaba limpia, pero gastada; su mirada era profunda y observadora. Iba a proponer una iniciativa para que su comunidad pudiera almacenar agua de lluvia con la que enfrentar las sequías.

Yurico, de Iquitos, era pura energía. A sus quince años, su sonrisa era su mejor carta de presentación. Vestía ropa ligera, sandalias y llevaba un pequeño tambor, que tocaba en las actividades comunitarias. Había llegado a la capital gracias a una ONG que lo apoyaba por su labor ambiental con niños en la selva.

Los tres entraron al ascensor sin prestarse mayor atención. Diego presionó el botón del piso quince. Cuando llegaron al noveno, una sacudida repentina y brusca detuvo la maquinaria. El motor se apagó y con él las luces. Los rodeó la oscuridad.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Diego, visiblemente irritado, antes de soltar una palabrota.

—Tal vez se fue la luz —respondió Yurico, encendiendo la linterna de su celular.

—Tranquilos. No gastes la batería; pueden tardar horas en solucionarlo —propuso Teófilo con una calma desconcertante.

Pasaron los minutos, que se convirtieron en horas. Al principio, Diego caminaba de un lado a otro, molesto por la falta de aire fresco. Yurico intentaba aligerar el ambiente con chistes. Teófilo se sentó en el suelo y sacó un pequeño pan envuelto en papel.

—¿Quieres un poco? —le ofreció a Diego.

—No, gracias —le respondió, pero su estómago traicionó sus palabras con un fuerte rugido. Terminaron compartiendo el pan.

Comenzaron a conversar. Primero sobre el congreso, luego sobre sus vidas. Diego no podía creer que Teófilo caminara una hora cada día para llegar a su escuela, ni que Yurico cruzara el río en bote para asistir a las reuniones de su comunidad.

—¿Y tú, Diego? —preguntó Teófilo—. ¿Cómo es tu vida?

—Normal… creo —respondió Diego tras una pausa. —Nunca me ha faltado nada. Mis papás me lo dan todo. Además, tengo internet, comida... Pero a veces siento que no sé hacer nada por mí mismo.

—¡Yo sí sé hacer muchas cosas! —exclamó Yurico con orgullo—. Pescar, construir balsas, cuidar animales… Pero nunca había subido a un ascensor.

—Yo tampoco —añadió Teófilo—. La primera vez que vi uno fue ayer. Me dio miedo. Hoy, ya no tanto.

Se inventaron juegos con una tapa de botella. Yurico tocó ritmos amazónicos con su tambor y, al final, terminaron componiendo una canción que hablaba de tres muchachos atrapados en un ascensor. Se reían, se entendían, se escuchaban.

Seis horas después, el ascensor comenzó a hacer ruidos extraños. Diego se puso nervioso. Teófilo tomó la iniciativa: retiró los paneles de emergencia, encontró el intercomunicador y pidió ayuda.

Después de ocho horas, los rescatadores lograron abrir la puerta. Los organizadores del congreso se sorprendieron al verlos llegar juntos, riendo como si fueran amigos de toda la vida.

—¿Qué les pasó?

—Nada grave —respondió Diego, sonriendo sinceramente—. Solo que… aprendimos más encerrados que en cualquier charla.

Desde entonces, se volvieron inseparables. Diego aprendió a valorar las pequeñas cosas de la vida, Teófilo ganó confianza para expresarse y Yurico siguió siendo el alma de cada encuentro. Distintos en casi todo, pero unidos por ocho horas que les enseñaron la lección más importante del liderazgo: que la empatía es el puente que conecta cualquier diferencia.