XXII Edición

Curso 2025 - 2026

Lucía Olabarri

La testigo

Lucía Olabarri, 15 años

Colegio Ayalde (Vizcaya)

María era una buena compañera de habitación. Era una chica joven y muy alta. A veces colocaba un disco sobre una caja de la que salían un montón de sonidos y vibraciones que le alegraban el día a Adriana. Al contrario de María, ella no tenía amigos, por lo que se pasaba el día en el cuarto, tejiendo sin cesar. De vez en cuando se saludaban, y cada cual seguía con sus ocupaciones. Y algunas noches María traía amigos a casa, que hacían muchísimo ruido.

Aquella noche, María vino acompañada por alguien diferente. Era un hombre de grandes dimensiones, cuya mandíbula y puños permanecían tensionados. Vestía una chaqueta de cuero negro, una camiseta blanca y unos pantalones vaqueros que también eran negros. Adriana no consiguió verle los ojos, pero al fijarse en los de su amiga, sintió que su corazón se le aceleraba. Fue testigo cuando dialogaron sobre distintos asuntos, haciendo uso de palabras indescifrables para Adriana, que se limitó a seguir observando desde las sombras. De pronto, aumentó el volumen de la conversación hasta hacerse virulento. Sin previo aviso, aquel hombre agarró a María del cuello y le estampó la cabeza contra la pared.

María trató de combatirlo, arañando sus brazos y soltando patadas al aire. Aunque gritó y suplicó ayuda, Adriana no fue capaz de auxiliarla, pues estaba inmovilizada por el miedo. Tampoco reunió el valor necesario cuando aquel hombre estranguló a su compañera. Acto seguido, el tipo salió por la puerta con una calma impropia de quien acaba de cometer un crimen.

Unos días después, dos hombres entraron en la habitación, también eran enormes y vestían de uniforme. Eran los mismos que, días atrás, acudieron a retirar el pálido y quieto cuerpo de María. Uno de ellos portaba un cuadernillo, en el que tomaba apuntes con un bolígrafo de muelle, al que hacía bailar al son de sus dedos, que accionaban el mecanismo para meter y sacar la punta entintada. En la habitación había un extraño silencio: ni los discos, ni la potente risa de María, ni un suspiro. Tan solo el persistente "clic" del bolígrafo.

Adriana observó la escena desde la oscuridad; ellos no la habían visto.

—¿Qué habrá pasado? –le preguntó uno al otro, con una indiferencia que no trató de ocultar.

—Chica joven que se junta con quien no debe y lo acaba pagando –pronunció el otro mecánicamente–. ¿Ya saben dónde está el novio?

Aquella pregunta fue dirigida al aire, ya que no obtuvo una respuesta. Adriana sabía que el novio de María nunca habría hecho algo así. Manu era un chaval agradable, que disfrutaba con las conversaciones pausadas y saludaba a Adriana de vez en cuando. No, Manu no tenía relación con la violencia.

—Se le va a caer el pelo al chaval –opinó uno de los dos.

—Siempre son los novios.

Adriana no podía permitir que aquellos hombres pensaran que Manu había sido el culpable; estaba determinada a actuar. Ella guardaba todas las respuestas a la muerte de María, cada detalle, cada dato. Conocía la verdad y no iba a dejar que la mentira hundiera al inocente y dejara impune al culpable. Por eso se deslizó hacia el oído de uno de esos hombres. Sigilosamente acortó distancias…

Y de pronto, todo se volvió negro.

—¡Una araña! –exclamó el oficial de policía al restregar su zapato contra el suelo.

–¿La has matado? –preguntó el otro.

Adriana se había transformado en un amasijo viscoso.