XXII Edición
Curso 2025 - 2026
La piel muda
Enrique Hidalgo, 15 años
Colegio Mulhacén (Granada)
No mido el tiempo con las agujas de un reloj, sino con el grosor de mis anillos y el peso de mis raíces. Antes, mi respiración era un ciclo lento y frío de inviernos largos, era un sueño profundo bajo la escarcha. Ahora me despierto antes de tiempo, confundida por un calor febril que no me pertenece, por un sol que me muerde en lugar de acariciarme.
Siento el cambio en la textura de mi propia piel. Donde antes había un solitario musgo húmedo y silencio, ahora la tierra se comienza a agrietar, sedienta, convirtiéndose en polvo fino que el viento arrastra sin mi permiso. Me pica la corteza. Puedo notar cómo mis extremos se secan, cómo mis hojas caen cuando aún deberían estar verdes, agotadas por un esfuerzo invisible, cada vez de manera más forzada, más violenta. Noto cómo la savia se espesa en mi interior, transformándose en un flujo cauteloso que ya no posee la misma inocencia de antaño, sino la desconfianza del que sabe que el agua es hoy un tesoro custodiado bajo llave.
Dicen -los que no nos comprenden, los efímeros de dos piernas- que me estoy muriendo. ¡No entienden nada! No se trata de muerte, sino de metamorfosis. Me estoy endureciendo, no envejeciendo. Estoy aprendiendo a beber de la niebla para cuando no dispongamos de agua en los ríos, estoy enseñando a mis semillas a dormir durante años, de generación en generación. Mi silencio no supone que me estoy rindiendo, ya que tiene una similitud con la concentración de un guerrero que mide sus fuerzas antes de una gran batalla; estoy replegando mi esencia hacia el núcleo, donde el calor del mundo exterior no puede alcanzar mis secretos más antiguos.
Mi cambio es profundo y doloroso, sí. Siento la ausencia de los preciosos pájaros que ya no me cantan dulces melodías y el vacío de los tantos insectos que tejían el aire. Pero la realidad está bajo la superficie, en la oscuridad absoluta del subsuelo, donde mis raíces siguen tejiendo redes, siguen comunicándose a gritos, preparándose para lo que pueda venir. Allí abajo, el tiempo sigue siendo mío, en una especie de alianza invisible que los humanos, en su ruidosa superficie, son incapaces de descifrar.
Puedo aparentar ser una víctima pasiva de esta nueva era, pero también puedo adelantaros que yo controlo esta época que se avecina. Soy la paciencia personificada, hecha materia: si intentan quemarme, mis cenizas abonarán al siguiente brote; si intentan secarme, mis espinas serán más afiladas; si intentan exterminarme, mis raíces aguantarán. Sencillamente, estoy cambiando porque la única forma de seguir siendo eterna es dejar de ser lo que fui ayer, con un pensamiento inverso del tan simple humano que se conforma con la vida temporal. Ellos temen al cambio porque su existencia es un parpadeo; yo lo abrazo porque es mi herramienta para la inmortalidad.
La brisa levanta el polvo a mi alrededor. Ya no soy parte de aquel alucinante paisaje con el que se hacían excursiones escolares y tantos niños observaban con interés. Ahora soy resistencia, fibra dura y supervivencia, aparentando más frialdad, pero a su vez más vida. Que sigan mirándome con lástima; mientras, yo seguiré aquí, reinventando la vida cuando ellos ya no sean más que un pequeño recuerdo geológico en mi memoria, incapaces de entender que el cambio no es una mera opción, sino una necesidad vital.
Observo sus pasos erráticos sobre mi piel muda y sonrío con extrema calma: ellos son el clima que pasa, yo soy la tierra que permanece.