XXII Edición

Curso 2025-2026

Ankh Sobalvarro

La piedra travertino

Ankh Sobalvarro, 14 años

Elite Training

Primavera

Con los dulces colores que prendían sus rayos, el sol saludaba a un grupo de gente primitiva que vivía en las lindes del bosque, cerca de una senda llena de matojos casi imposibles de atravesar. El lugar estaba cuajado de moras que las mujeres neandertales recogían con deleite.

Sobre una roca estaba sentado el más anciano de la tribu que, por alguna razón desconocida, daba forma mediante golpes a una piedra travertino. Con el paso de los años, el hombre falleció y su tribu guardó la talla como si fuese un venerable tesoro.

Verano

Un grupo de muchachos allanaron con golpes de azada aquel camino, facilitando la comunicación de los habitantes de las dos aldeas vecinas.

Padre e hijo, vestidos con ropajes hechos de retales, cargaban pesados sacos de trigo a la espalda.

−Descansemos un rato, padre.

Tiraron los costales a tierra y observaron con júbilo la construcción que se estaba llevando a cabo. Una pequeña ermita se erguía casi acabada en el claro de un bosquecillo. Les llamó la atención una de las piedras que formaba parte de la construcción, pues tenía unas curvas bien trabajadas que sugerían la forma de una figura inconcreta.

Después de una frugal comida, padre e hijo continuaron su viaje.

Otoño

Un carruaje espléndido, de ruedas en pan de oro, se detuvo en aquel camino por orden de la aristócrata, que asomó su cabeza adornada con una peluca blanca através de la ventanilla, para hacerle una seña malhumorada a uno de sus pajes, que se apresuró a abrirle la portezuela y tenderle la mano. Una vez bajó por la escalerilla, se acercó a la ermita, se santiguó al abrir la puerta y se arremangó su barroco vestido antes de arrodillarse sobre un reclinatorio de madera.

Cuando regresó al camino, su cochero arreó a los caballos, que salieron del bosque en un alegre galope.

Invierno

Un anciano al que seguían de cerca sus dos nietos, de ocho y nueve años, paseaba alrededor de una ermita en ruinas, de la que solo una pared se mantenía en pie. Se detuvieron frente a ella.

−Es una pena que solo queden estos restos −dijo el abuelo antes de sentarse en una piedra–. Sin embargo se volverá a alzar.

Los niños le miraron perplejos, pues no habían entendido qué quería decir. El pequeño frunció el ceño y se atrevió a preguntarle:

−Abuelo, ¿quién va a quererla reconstruir, si por aquí cerca no pasan más que coches?

El anciano le sonrió. Dejando la duda de su nieto flotando en el aire, reemprendió su paseo.

Entre unas zarzas, olvidada, la roca travertino que muchos siglos atrás fue tallada por el anciano neandertal, y que había sido testigo del paso de la historia, refulgió con esperanza, convencida de que iba a llegar el momento en el que formaría parte de algo más grande.