XXII Edición

Curso 2025 - 2026

Alejandro Quintana

La persecución 

Manuel Martín de los Ríos, 14 años

Colegio El Prado (Madrid)

Acababa de bajar del transporte público y avanzaba por la calle a buen paso. El sol, recién caído, había dejado tras de sí una densa niebla. Hacía frío. 

Estaba pensando en qué cenaría al llegar a casa, cuando un sonido le hizo percatarse de que no estaba solo: alguien seguía sus pasos en la bruma. Consideró que sería un paseante tardío, como él, pero el tiempo era demasiado desapacible para salir a caminar, por eso, tras cambiar varias veces de rumbo se convenció de que aquella persona le estaba siguiendo. Decidió echar a correr, pero llegó a la conclusión, por el sonido de los pasos, de que su perseguidor debía ser un tipo joven y atlético, así qué se conformó con andar un poco más rápido. Minutos después volvió la cabeza, para confirmar que la figura seguía tras él.

Comenzó a callejear en busca de alguien que, en caso de emergencia, pudiera socorrerle. Después de doblar una esquina, consiguió despistar a la sombra, pero la alegría no le duró mucho: instantes después, se dio cuenta de que continuaba a su zaga. No sabía cómo quitarse de encima a aquel extraño, y le urgía conseguirlo. Además, estaba cerca de su casa; divisó el edificio entre los girones de niebla. Quedaban pocos metros, pero cada paso le pesaba más y más.

Arrancó a correr tan rápido como pudo, con la esperanza de llegar al portal antes de que la sombra le alcanzase. Miró por el rabillo del ojo: la figura iba detrás de él. Cuando por fin llegó al portal, llevaba el corazón en un puño. Sacó el llavero e intentó encajar la llave en el cerrojo, pero, debido a la tensión, su mano temblaba tanto que no acertaba a meterla. Sintió que el extraño estaba junto a su espalda, con la mirada clavada en él. Supuso que era su fin. De hecho, imaginó cuál iba a ser el titular en las noticias del día siguiente: “Adolescente apuñalado en la puerta de su casa”. 

Dispuesto a rendirse, se volvió y le miró el rostro. Le sorprendió que no tuviera un gesto violento. Al contrario, le resultó amistoso. Su mano no empuñaba una navaja, tampoco una barra de metal sino su tarjeta de transporte. 

Con amabilidad, el extraño le tendió el documento. Tal como se había imaginado, al salir del autobús se le había caído de la cartera. 

–Gracias –le sonrió–. ¿Cómo se llama?

Su perseguidor le hizo un gesto, para que entendiera que era sordomudo.