XXII Edición
Curso 2025 - 2026
La mujer geométrica
Aitana Vásquez, 14 años
Colegio Santa Margarita (Perú)
El señor Brown era un pintor de edad avanzada, sin hijos, que vivía en una casa de dos pisos. Se le podía encontrar frecuentando distintas galerías o en las salas del museo local, en donde pasaba las horas. No podía evitar un rechazo total a la pintura moderna, especialmente a los cuadros realizados a partir de líneas y figuras geométricas. Los círculos, las rayas paralelas y otros elementos solían ser objeto de su crítica.
Una nueva obra llegó a la galería favorita del señor Brown, quien partió de su casa de buena gana para descubrirla. Pero, apenas su bastón se apoyó en el suelo del local, sintió como si una mano oprimiera su viejo corazón, pues aquella pintura era un caos geométrico en toda su expresión. El fondo azul eléctrico jugaba con la esfera naranja de la esquina izquierda, y un circulo negro miraba impasible al espectador, encerrado en un rombo blanco. De alguna manera, dejaba entrever que se trataba de una mujer hecha de figuras geométricas.
Enfurecido, el señor Brown se dio media vuelta y salió a toda prisa del local con la cara roja de la indignación. «¿Cómo es posible que semejante desorden sea el foco de la exposición? ¿Cuál es el atractivo de ese lienzo?». No podía sacarse de la cabeza la silueta irracional y deforme de la pintura.
El señor Brown decidió despejarse en el ático, en donde tenía su taller. Así fue como, al anochecer, terminó un óleo de una hermosa mujer de pelo largo, ataviada con un vestido blanco que ondeaba al viento. Satisfecho, cenó rápidamente y se fue a dormir.
Soñó que presentaba su cuadro en la galería, frente a una multitud que lo aclamaba como en sus años dorados. Repentinamente, se iluminó otra pared del local, en donde colgaba la mujer geométrica, que presumía de su vestido de triángulos. Horrorizado, el señor Brown observó como todas las cabezas se giraban hacia aquella pintura, que enseguida despertó la admiración del público. Brown se quedó junto a su obra, subyugado por la mirada de la mujer geométrica, que le había clavado sus pupilas negras, inmutable, ajena, preciosa.
A la mañana siguiente no se encontraba tan satisfecho con su cuadro. «Es el color del vestido», pensó, convencido de que era de un blanco simplón. Lo cambió por un verde brillante, que juzgó original. Pero tampoco le gustaba el cielo, cuyos tonos intensificó. Un día después, la piel morena de su modelo se volvió pálida, y los labios se encendieron en un rojo. Luego, agregó algunas pinceladas en las esquinas y pensó que unas figuras, parecidas a picos de montañas, quedarían bien a la derecha de la tela. Pero, por muchos cambios que hacía, sentía que no eran suficientes.
El señor Brown no percibía que, con cada nueva pincelada, los detalles se hacían menos realistas y las líneas más descuidadas y caóticas. Es decir, que se parecía más y más a una versión humanizada de aquella mujer geométrica.
Una tarde, el señor Brown se encontraba nuevamente en la galería. Paseaba por la sección de pintura contemporánea, a la que dedicaba cada vez más tiempo. Una vez frente a la mujer geométrica, la miró y ella le devolvió la mirada. Fue entonces cuando se le vino a la mente una idea descabellada y muy peligrosa.
Al día siguiente, la policía informó que el cuadro de la mujer geométrica había desaparecido. No tardaron en hallar al culpable, pues los vecinos decidieron colaborar con la investigación. Acusaban al señor Brown de estar obsesionado con la pintura robada. «La habrá robado para contemplarla a todas horas», declaró una mujer. Así que esa misma noche, el señor Brown fue arrestado. Dicen que soltaba frases incoherentes: «¡La he terminado!…» «¡Todos la amarán!».
Cuando los oficiales entraron en el estudio del señor Brown, se encontraron que en las paredes había diversos lienzos con bocetos incoherentes y escenarios incompletos de lo que parecía ser una mujer que miraba fijamente al frente. El centro había dos obras acabadas exactamente iguales. Una era la mujer geométrica original, deslumbrante en su belleza irracional. La otra, la pintura del señor Brown, quien confesó que se la había llevado de la galería no para contemplarla, sino para copiarla. Ambas pinturas eran tan parecidas, que los oficiales no supieron cuál correspondía a la verdadera y cuál era su copia.
