XXII Edición
Curso 2025 - 2026
La figurita de barro
Ankh Sobalvarro, 13 años
Elite Training
Todo estaba en silencio en aquella habitación, exceptuando el incesante tictac del reloj que pendía de una de las paredes. Una lamparilla de noche alumbraba pobremente la estancia, dándole un toque acogedor. Sobre una mesa se encontraba un bonito y detallado belén. Había casas desperdigadas, caminos de serrín, un río de papel de aluminio, montañas de corcho, animales domésticos, un pueblo… Las figuras eran de barro cocido.
Cada año, unas semanas antes del día de Navidad, la anciana que vivía en aquella casa tomaba una escalera, subía a un altillo y bajaba las cajas en las que había guardado, doce meses antes, las piezas de aquel Nacimiento. Con cariño iba montando el escenario, como si jugara, y hablaba con cada uno de los personajes con los que iba completando la recreación.
Cada 25 de diciembre, de madrugada, una vez el silencio gobernaba la vivienda y la mujer dormía pacíficamente en su habitación, un rayo de luna iluminaba de pronto el belén y, de manera sorprendente, las figuras comenzaban a moverse y hablar entre ellas.
En aquella ocasión, una muchacha condenada a cargar con un cántaro de barro subió una cuestecita con presteza para dirigirse a un corro de chicas bien parecidas –a diferencia de ella, cuyo atractivo residía únicamente en su sencillez–. Dubitativa, les preguntó:
–¿Podríais informarme, si sois tan amables, dónde ha colocado esta vez el portal? Todos los años me propongo llegar a él, pero nunca lo consigo.
Una de las doncellas señaló un camino empedrado, con algunos trozos de musgo seco en sus márgenes.
–Es por allí.
–Pero no te hagas ilusiones –le dijo otra de las jóvenes–. Enseguida se hará de día y cada cual tendrá que volver nuevamente a su posición.
–Te aconsejamos que no te entretengas –habló la tercera–. ¡Suerte!
La muchacha del cántaro prosiguió su viaje. Al rato divisó a unos pastorcillos que conducían un rebaño de ovejas.
–¿A dónde te diriges morena? –quiso saber uno de aquellos zagales–. Detente un rato y decansa con nosotros.
El pastorcito le ofreció un asiento en un saliente rocoso, pero ella rechazó la propuesta con una sonrisa agradecida.
–He de partir, o se me hará tarde –se disculpó–. Por algún casual, ¿alguno de ustedes sabe dónde se encuentran hospedados la mujer, el niño y su esposo? ¡Tengo tantas ganas de conocerlos!
–Hacia allí nos dirigimos. Si quieres, nos puedes acompañar –le propuso el más flacucho de aquel grupo, que mascaba unas hojas de hierbabuena.
La joven se sumó a la comitiva. Entonces, otro de los pastores le explicó de qué modo habían tenido noticias del nacimiento de aquel chiquitín. Ocurrió años atrás, la primera vez que la mujer montó el belén.
–Como a ti, algo nos impide cumplir nuestro propósito de llevarle unos regalos. El hechizo que nos da la vida pasa demasiado rápido.
–Esta vez hemos visto a la viejecita cuando colocaba una figura muy especial –le contó otro–, dotada de grandes alas doradas a la espalda. Según hemos oído, se trata de un mensajero.
–Sí, hermoso y fuerte, no como nosotros –se rio uno de sus compañeros.
–¡Dejáos de lamentaciones y caminad más rápido! –les espetó un tercer ovejero–. ¿Es que no os dais cuenta de que nos queda muy poco para volver a estar apelotonados en la caja de cartón? Allí nos quedaremos encerrados hasta la próxima Navidad.
–¡Ya casi estamos! –exclamó el que mascaba hierbabuena, señalando lo que desde lejos parecía un pajar.
Tras la ventana de la habitación, la luz del sol comenzó a asomarse poco a poco. La muchacha sabía que en cuanto los rayos iluminaran la mesa del belén, su propósito, una vez más, se vería fracasado. Unas lágrimas amargas corrieron por su rostro, pues empezaba a temerse que no llegaría a tiempo de cumplir su anhelo.
Aceleró el paso, recogiéndose la falda, soltando el cántaro y dejando atrás a los pastorcillos. Al llegar a una pendiente se lanzó en una frenética carrera y, de pronto, le fallaron las fuerzas y cayó de rodillas. Sollozante, se tapó la cara con las manos.
El murmullo de unos pasos le hicieron alzar los ojos.
–Hija mía, levántate. Deja de llorar; lo has conseguido.
Se quedó atónita, pues una bellísima mujer con ropas desgastadas la tomó de las manos para ayudarla a levantarse. Entonces le entregó al niño que su esposo traía en brazos. Poco después, los pastorcitos que se unieron al encuentro.
Clara, antes de volver a convertirse en una figura inmóvil, se quedó prendada con el Misterio que traslucía el bebé, al que llevaba tantos años anhelando.
Una semana después, cuando la anciana recogía el nacimiento, se sorprendió de la dulce sonrisa de la chica del cántaro.
«Cómo es posible que no me haya dado cuenta hasta ahora», pensó mientras la observaba. «Reflejar una profunda alegría».
