XXII Edición
Curso 2025-2026
La enfermedad del olvido
Claudia Martínez Jiménez, 17 años
Colegio Altozano (Alicante)
No hay mayor dolor para una persona que recibir la noticia de que padece alzhéimer. Saber que uno sufre esta enfermedad, significa hacerse consciente de que su esencia se va a ir debilitando y apagando progresivamente hasta no reconocer su entorno, a las personas que le quieren y a sí mismo.
Hace seis años mi abuela escuchó de labios del médico este diagnóstico. Siempre ha sido una mujer seria, a la que nunca le ha gustado salir a divertirse, hacer bromas ni rodearse de mucha gente. En cambio, mi abuelo era una persona alegre, extrovertida, que hablaba con todo el que se cruzaba y le aportaba a mi abuela ese júbilo que necesitaba.
Mi abuelo murió a los cincuenta y ocho años, de un día para otro, sin que nadie se lo esperara. Fue un golpe muy duro para toda la familia. Aunque yo no le conocí, perdimos a un abuelo, a un padre, un tío y un hermano, pero aprendimos a vivir con esa herida. No así mi abuela, pues la muerte le había arrebatado a la única persona que le hacía feliz. Aunque han pasado veintidós años desde entonces, ella se agarra con desesperación a su recuerdo. En su memoria late lo único que la mantiene con vida, así que al perder la capacidad de recordar va perdiendo, también, la dicha que le quedaba, hundiéndose a causa de la tristeza y la soledad.
Cuando el alzhéimer se cuela en casa, no hay manera de echarlo. Por eso, es necesario aceptarlo, a pesar de que su desarrollo ataca al paciente hasta que no deja rastro de la persona que fue.
No fui consciente de lo desgarradora que es esta enfermedad hasta que contemplé sus efectos desde muy de cerca. Todo comenzó con la repetición de una misma frase, a lo que no di mucha importancia. En cambio, sus efectos siguieron creciendo, hasta que mi abuela mantenía con todos la misma conversación, en un bucle desesperante en el que repetía hasta la saciedad las mismas preguntas y respuestas.
Las calles de nuestro pueblo, que mi abuela había recorrido desde que nació y que conocía como la palma de su mano, se volvieron laberintos a sus ojos. Cuando salía, su vuelta a casa era un auténtico reto para ella y una preocupación para los demás. Cada vez que desaparecía, el pánico se apodera de nosotros en el ansia de encontrarla. Y un día, perdió su capacidad para dar un simple paseo sin compañía.
Hace un tiempo que también se olvidó de cosas primordiales, como comer, tomar su medicación o ir al baño. Por si fuera poco, está empeñada en ser independiente y vivir sola. Que no quiera aceptar nuestra ayuda es muy triste, y sé que no es fácil para un hijo enviar a su madre a un Centro de Día cuando ella se resiste y mira con rencor el modo en que desaparecen su independencia y libertad.
Sin embargo, esta enfermedad no conseguirá apoderarse del amor de quienes permanecemos a su lado. Estamos decididos a recordar en su nombre contándole sus propias historias todas las veces que haga falta, ayudándola a cocinar o recitando una y otra vez nuestros datos personales, para que no los olvide. Aunque llegue el día en que mi abuela borre nuestros nombres, seguiremos a su lado, protegiéndola y cuidándola con todo nuestro amor.