XXII Edición
Curso 2025-2026
La clase misteriosa
Raúl Cejudo González, 14 años
Colegio Stella Maris La Gavia (Madrid)
La del jueves fue una jornada desastrosa, pues me habían entregado las notas trimestrales, en las que sumaba tres suspensos. Además, seguía sin integrarme entre mis compañeros. A mis catorce años, no tener amigos y acumular suspensos me llevaban hacia el fracaso, así que decidí ocultarles a mis padres el boletín de calificaciones y seguir aparentando que era un chico aplicado. Por si fuera poco, desde hacía un tiempo me llevaba mal con mi hermana.
El viernes me llamó la atención la aparición en el colegio de un profesor nuevo, de unos cuarenta años, que llevaba barba, gafas y vestía una elegante corbata azul. Fue la primera vez que lo vi en el instituto. A última hora nos impartió una clase, pero no mencionó su nombre. Eso sí, nos advirtió:
–Esta asignatura será la única que aprobaréis sin exámenes. Lo importante es que mis lecciones os ayuden en el futuro. ¿De qué me sirve que rellenéis una hoja con definiciones memorizadas que olvidareis al día siguiente?
Cuando sonó la campana, se despidió de nosotros. Enseguida me percaté de que mis compañeros no se acordaban de lo que acabábamos de vivir, como si se les hubiera borrado la lección de la mente. A todos, salvo a mí.
Cada viernes nos encontrábamos con aquel profesor, que nos hablaba de las virtudes necesarias para alcanzar una vida grande: la veracidad, la amistad y la magnanimidad.
Un lunes decidí poner en práctica todo lo aprendido. Me acerqué a un compañero que descuidaba su aspecto físico, que no se peinaba y apenas se lavaba se camisa.
–¿Cuál es tu deporte favorito?
–El tenis –me contestó con desconfianza.
Aunque se mostró distante al comienzo de la conversación, poco a poco me fue contando otros aspectos de su vida, y descubrí que tenía un gran corazón. Se llamaba Marcos.
Esa misma tarde me reconcilié con mi hermana y les confesé a mis padres las bajas notas que había acumulado desde principio de curso. Aunque se enfadaron, aceptaron mis disculpas. Todos aquellos cambios fueron consecuencia de las clases de los viernes con el misterioso profesor.
Una semana después, Marcos y yo volvimos a casa dando un paseo. Hablábamos de los éxitos de un famoso tenista cuando, al pasar por un parque, nos encontramos con Luis, el repetidor de nuestra clase. Era conocido en todo el instituto por su comportamiento agresivo, pues se juntaba con chicos mayores para acosar a los pequeños del instituto. Todos le teníamos miedo.
–Marcos, pedazo de pardillo –se dirigió a mi nuevo amigo–,dame todo el dinero que tengas.
Marcos intentó escapar, pero el abusón lo alcanzó de una carrera y lo derribó con un empujón. En ese momento aparecieron cuatro matones de su grupo.
Sin pensármelo, corrí a ayudar a mi amigo, que consiguió escaparse entre los arbustos. Así que los abusones se lanzaron sobre mí. Recibí muchos golpes y acabé en el suelo, inconsciente. Entonces huyeron a la carrera.
Cuando recuperé la consciencia, escuché una voz:
–Aprobado.
Con mucho esfuerzo, me levanté y seguí el camino hasta mi casa. Mis padres me trasladaron al hospital. Tenía una grave hemorragia en la rodilla y me dolía el cuerpo entero. A pesar de todo, estaba convencido de que había hecho lo correcto.
Marcos me agradeció mi intervención para salvarle de Luis, y por fin conseguí ganarme su confianza. En cuanto al abusón, el director se encargó de su despido permanente del centro, así que no lo volvimos a ver, tampoco al misterioso profesor. Nadie tenía noticias de él, ni de la famosa asignatura de los viernes, pero conseguí aprobarla.