XXII Edición
Curso 2025-2026
La bestia
Juan Pablo Espada, 15 años
Colegio El Prado (Madrid)
Álvaro y Juan Pablo caminaban fatigados por un sendero nevado, a través de los Picos de Europa. Llevaban varias horas buscando un sitio donde pasar la noche. Habían preparado aquella excursión durante muchas semanas y, en principio, lo tenían todo previsto.
Cargaban a la espalda un equipaje sencillo: dos sacos de dormir, dos esterillas, varias linternas, un spray de defensa contra los osos y comida más que suficiente. De vez en cuando descubrían pequeños rastros de animales en la nieve.
Después de unas horas, decidieron levantar su pequeño campamento. Apartaron algunas piedras y palos para poder dormir mejor.
—Voy a rellenar la botella en el río que acabamos de cruzar- le dijo Álvaro a Juan.
—De acuerdo. Mientras tanto, iré a buscar madera seca para encender una hoguera
Cuando Álvaro sumergió la botella en el río, escuchó el crujido de una rama al romperse. Conocía el sonido de los animales al pisar entre la broza, así que aquel sonido le puso en alerta. Al sacar la cantimplora del agua, contempló durante un instante el reflejo de un animal que nunca antes había visto. Al alzar la cabeza, encontró que se hallaba solo. Así que, asustado, llegó al refugio de una carrera. Como Juan no había regresado, empezó a purificar el agua.
Juan había conseguido un buen montón de palos secos, por lo que decidió volver al campamento. Mientras caminaba, se le cruzó una sombra. Pensó que se trataba de una vaca o de un corzo, así que no le dio importancia.
Después de cenar, se quedaron unos minutos disfrutando del calor que desprendía el fuego. Sacaron sus sacos y las esterillas, apagaron la hoguera y se tumbaron, dispuestos a dormir. Sin embargo, los ruidos en la oscuridad les impedían conciliar el sueño.
Álvaro no podía borrar de su mente aquel animal extraño que había visto reflejado en el agua. De pronto, un trueno lo hizo incorporarse. En segundos, empezó a caer del cielo una tromba de lluvia.
—¡Tenemos que buscar refugio! —gritó Juan.
Recogieron a toda prisa y avanzaron hasta un saliente en el que hallaron una cavidad. Estaban empapados, mas aquel lugar estaba seco.
—Aquí estaremos bien —murmuró Juan.
Entonces, a la luz de un relámpago vieron una figura alta y peluda entre la sombras. Tenía forma humana y sus ojos brillaban en la oscuridad. Era la misma bestia que Álvaro se había encontrado en el río.
La criatura avanzó hasta colocarse bajo el saliente de la cavidad. Los observó, abrió la boca y, con voz grave y áspera, pronunció:
—Esta montaña es mía. Nadie entra en ella sin mi permiso.
Al retroceder, Juan tropezó con una roca, y desde el suelo vio que el monstruo había tensando sus músculos, como si estuviera listo para atacar. Pero Álvaro abrió la mochila a toda velocidad y tomó el spray para osos, apretó el pulverizador y lo descargó sobre los ojos de aquel ser peludo.
Un rugido desgarrador restalló en las paredes de la cueva.
—¡Corre! —gritó Álvaro.
Salieron a la intemperie sin mirar atrás, mientras la criatura, cegada y furiosa, golpeaba las paredes de su cubil. A los dos amigos les quedaba sobrevivir a la tormenta.