XXII Edición

Curso 2025-2026

Lucía Olabarri

La alarma de incendios

Lucía Olabarri, 16 años

Colegio Ayalde (Vizcaya)

Maksym no comprendía el porqué de aquella lluvia de estrellas fugaces. Su madre le decía que no debía preocuparse, que mientras ella permaneciera a su lado todo estaría bien.

Las velas que había repartidas por la habitación se reflejaban en el cristal de las bombillas, apagadas desde hacía tiempo, tanto que Maksym no sabía para qué servían. Hacía mucho frío, pues se encontraban en la temporada que las mantas apenas conseguían cumplir su función, así que Maksym se cobijaba debajo unas cuantas de ellas. Conservaba la imagen de los aparatos que colgaban de las paredes del cuarto antes de que se fuera la electricidad que desde hacía mucho tiempo carecían de utilidad. Su madre los llamaba “radiadores”.

Ella estaba dormida; su hijo permanecía despierto. Quizás fuera por la aguda alarma que había comenzado a sonar hacía unos minutos. De vez en cuando el edificio temblaba. Maksym no pudo contener su curiosidad, a pesar de que su madre le había insistido en que no debía separarse de ella bajo ningún concepto, y que no podía acercarse a las ventanas.

«¿Será que podría ver una de las estrellas fugaces con mis propios ojos?», se preguntó.

La mujer se hallaba en un sueño tan profundo que no notó cómo el pequeño se escabullía de entre sus brazos, se levantaba y, con un paso torpe, salía de la habitación. Avanzó por el pasillo hacia el salón, apoyándose en la pared con las manos, pues los temblores eran cada vez más intensos. Su corazón latía precipitado; era la primera vez que desobedecía a su madre.

Al llegar al salón corrió hacia una de las ventanas y, pegando su rostro al cristal, aguardó en silencio, impaciente por divisarlas. Decidió entrecerrar los ojos cuando la penumbra exterior se vio interrumpida por el estallido de una de las estrellas, que con su cegadora luz y un estruendo, hizo temblar los cimientos del edificio. La detonación fue insoportable, y más aún la aguda y penetrante alarma, que se le clavó hasta en la última de sus células.

De pronto, Maksym lo comprendió: aquellas estrellas fugaces no eran las mismas de los cuentos de hadas, es decir, no eran etéreas imágenes que surcaban el cielo, sino bolas de fuego que se estampaban contra el suelo para devorar todo lo que tenían a su alcance. Voraces, hacían desaparecer viviendas, bibliotecas, hospitales… Quizás acabarían fulminando su propia casa.

La sirena continuó gritando como si se riese de los desdichados que corrían de un lado a otro, pues su aviso no había servido de nada, ya que no había escapatoria. Su zumbido opacaba el llanto del pueblo, los gritos de los atrapados entre los escombros, los ánimos de resistencia y los últimos adioses.

Una voz lo distrajo de aquel barullo.

—Maksym… ¿Qué haces? ¡Te dije que te quedaras conmigo!

Su madre estaba furiosa como nunca antes. Su mirada cariñosa se había transfigurado en ira y miedo, y sus gritos se unieron a la frecuencia de la alarma para fundirse en un único eco.

Después del suceso, Maksym y su madre viajaron hacia otro país, lejos de las estrellas fugaces.

El niño encontró una plaza en un colegio que no corría el riesgo constante de ser reducido a cenizas. Su nuevo hogar era mucho más tranquilo, ya no tenía que despedirse cada tarde de sus compañeros con el temor de no volver a verlos. Cada noche le paralizaba una cadena de malos recuerdos, de sobresaltos cuando su madre apagaba la lu. Esperaba no volverse a enfrentar al ruido que su memoria había enterrado bajo la niebla de una vida mejor.

Sin embargo, para desconcierto del niño, en aquel país también había alarmas. Sonó una estrepitosamente, en un tiempo y con unas circunstancias distintas. Fue a pleno día, en el colegio. La alarma era la misma, y la reacción de Maksym también lo fue. Recordó los gritos de su madre y su corazón y su respiración se aceleraron. Encogido sobre sí mismo, quiso esconderse. Sus compañeros de clase, en cambio, celebraron aquella novedad, pues significaba que no seguirían con la clase y que tendrían que salir en orden al exterior del colegio. ¿Qué otra cosa podría alegrar más a un pequeño de cuarto de primaria?

—¡Maksym, Maksym!… –trató de calmarle su profesora– No pasa nada; es solo un simulacro de incendio.

Apareció otro profesor, que ya había colocado a sus alumnos en fila, listos para abandonar el aula. Le extrañaba que los estudiantes a cargo de su compañera todavía estuvieran brincando de alegría. Maksym le oyó decir a su maestra por lo bajo:

—Pobrecito… Es que es uno de los refugiados.