XXII Edición
Curso 2025 - 2026
Fausto
Manuel Olmeda, 15 años
Colegio Mulhacén (Granada)
Fue de madrugada cuando los sobrevivientes de la Quinta y Sexta cohorte llegaron al campamento. Fausto deseaba entregar su escudo y la lanza, acudir a su tienda para desabrocharse la armadura que le protegía el pecho y sentarse ante el fuego, pues estaba aterido de frío. La sangre del enemigo que le salpicaba la ropa y le manchaba las manos era para él, en aquellos momentos, lo de menos.
Aurelio, uno de los legionarios de su cohorte, le tendió una cazoleta con copos de avena mezclados con agua:
–Anda, compañero, come un poco aunque esté frío; te lo has ganado.
–No tengo hambre –rehusó, sin molestarse en mirar el contenido del recipiente–. Solo quiero calentarme un rato y echarme a dormir.
Su necesidad de cerrar los ojos para ocultar las escenas más crudas de la refriega contra los germanos, lo obsesionaban desde hacía un par de días, en los que apenas había podido descansar. Le asaltaba la imagen del campo de batalla sembrado de cadáveres y heridos. La mayoría eran compañeros de su cohorte, aunque también había un buen número de enemigos.
«Y pensar que el centurión nos había asegurado que la victoria iba a ser fácil y rápida… ¡Pobre iluso!», pensó mientras se quitaba la armadura, pues aquel militar había sido uno de los primeros en caer.
Entró en su tienda de campaña y se desplomó sobre la esterilla.
***
Sonó un cuerno y Fausto se despertó con un golpe de ansiedad. Habría jurado que no se había llegado a dormir, si no fuera porque ya era de día. Abandonó la tienda y a duras penas se ató la armadura. Incluso después de haber dormido, se sentía cansado y tenía hambre. Entonces se arrepintió de no haber cenado los copos de avena.
–¿Qué sucede? ¿Por qué ha tocado el cuerno la llamada de reunión? –le preguntó a Aurelio, que estaba vistiéndose a su lado.
–He oído de labios del capitán que nuestro centurión está pensando en atacar a los germanos por la espalda.
Cuando llegaron al centro del campamento junto al resto de los legionarios, Flavius, el nuevo centurión, ordenó que formaran junto a su cohorte.
–¡Soldados! –gritó el centurión desde lo alto de su caballo–. Hoy es un día grande para todos nosotros. Vamos a batirnos contra los teutones para aplastarlos de una vez por todas. Los sorprenderemos de una vez y lucharemos codo con codo. ¡Gloria a Roma!
Llegaron hasta el valle en el que se habían librado los combates de las últimas semanas. El hedor de los cadáveres en descomposición, el suelo teñido por la sangre derramada y los restos de vestimentas de combatientes de ambos bandos crearon en Fausto una imagen que jamás se podría quitar de la cabeza.
–¡Legionarios, preparaos para avanzar! –ordenó Flavius, montado en un gran caballo negro, antes de avanzar hacia el bosque– ¡Por Roma!
El ejército lo siguió con nuevas fuerzas y esperanzas, hasta que una lluvia de flechas cayó sobre ellos. De seguido aparecieron los germanos, que se abalanzaron sobre los legionarios, que, asustados por las saetas, habían roto la formación.
Fue una masacre. Caían por doquier mientras los enemigos se abrían paso a espadazos. Fausto luchaba con todas sus fuerzas, intentando mantener el escudo en alto y dando estocadas con su espada. Aurelio yacía a su lado con varias flechas clavadas en el pecho.
Fausto sabía que eran inferiores en número. Sin la presencia de su compañero, estaba convencido de que iba a morir, pero quería hacerlo luchando.
–¡Soldados defended el Águila! –gritó Flavius, que desde su montura soltaba estocadas.
Los escasos legionarios que aún seguían en pie, incluido Fausto, rodearon el Águila con los escudos pegados entre sí para que el enemigo no pudiese pasar. Si algún compañero caía, cerraban inmediatamente la formación.
Estaba toda esperanza perdida cuando, a lo lejos, el estruendo de un cuerno seguido por decenas de trompetas y tambores, anunció la llegada de un gran ejército por la cima de la colina. Poco a poco Fausto distinguió los relucientes estandartes con las siglas “SPQR”.
Los teutones empezaron a correr despavoridos hacia el bosque. Al mismo tiempo, los sobrevivientes que rodeaban el Águila se llenaban de energía para recuperar territorio. En pocas horas, con ayuda de los refuerzos, celebraron con vino y comida caliente la gran victoria. Después enterraron los cadáveres allí mismo, con honores militares.
–Adiós Aurelio –suspiró Fausto ante el túmulo que había cavado para su compañero.
