XXII Edición
Curso 2025-2026
Estrella
Miguel Navarro, 17 años
Colegio Tabladilla (Sevilla)
Una vez escuché que escribir un diario ya no está de moda, pero mi madre me enseñó que la opinión de los demás no tiene por qué ser importante.
Estoy sentado en el salón de casa, y hay otra persona que escribe a mi lado. No sé quién es. El asunto es que me persigue como si fuese mi sombra, y lo detesto. Lo veo de reojo balancear el bolígrafo sobre sus papeles. Eso me molesta. Ojalá desapareciera.
Si he empezado estas líneas, es para descargar en el papel todo lo que siento. Mi madre también me enseñó que no es bueno dejarse llevar por la violencia; eso es propio de los animales. ¡Esta carta va por ti, mamá!
Por cierto, me llamó Gabriel y soy un prometedor aspirante a ingeniero que, si por algo me caracterizo es por ser buena persona. Me gusta tocar instrumentos y juego de delantero titular en un equipo de fútbol. El año pasado ganamos la final del campeonato de liga en la segunda división nacional juvenil; conseguimos ascender gracias al gol que metí a dos minutos de terminar el partido.
Nos animaba nuestra hinchada: familiares, amigos y chicas guapas. Un lateral de mi equipo sacó desde la banda, me pasó el balón y me vi solo ante el portero. Noté la presión de mi gente en el corazón: tantos eran los que nos querían que no podía permitirme un fallo. Cargué la pierna derecha y… ¡Gol por la escuadra! El equipo se lanzó sobre mí. «¡Qué bien lo has hecho, Gabriel!». «¡Eres un máquina!». «¡No sé lo que haríamos sin ti!»... Fue la mejor noche de mi vida. Sentí que podía acariciar las estrellas con los dedos, aunque lo mejor vino después, cuando me quedé a solas con Laura.
Ella me vino a buscar tras la victoria y la invité a dar una vuelta. La noche desfiguraba con sombras su cara, pero sus ojos negros brillaban con luz propia. Estaba tan guapa y radiante como una estrella. El aire soplaba y el silencio se comía nuestras palabras, dando paso a los nervios tontos. Ella se recogió el pelo por detrás de las orejas y me miró de reojo. ¡Sentí que me derretía! Le pregunté si quería salir conmigo y me dijo que sí.
Después de un rato eterno sin intercambiar una sola palabra, sus labios rozaron los míos. Fueron muchos besos bajo la noche estrellada.
Qué feliz soy. Y qué buena persona. Merezco hasta la última gota de felicidad que me ofrece la vida. Soy deportista de élite, aspirante a ingeniería, tengo la novia más guapa del universo y soy un músico muy valorado. No creo que haya nadie tan afortunado como yo.
Pero está ese otro tipo, el que está escribiendo, siempre copiando todo lo que hago. Pero, ¿qué se ha creído el muchacho?... Lo siento mamá, pero voy a reventar. No me gusta la gente que intenta copiar mi vida. No la soporto. Odio a ese miserable.
Un momento… ¡Usa un bolígrafo como el mío! Si se piensa que puede pasarse la vida imitándome, está muy equivocado. Quien intenta mirar a una estrella, se ciega. Voy a dejarle claro quién manda aquí”.
Gabriel se lanzó con las manos abiertas y un grito estalló en la habitación. Después se tejió el silencio.
Es cierto que el equipo de Gabriel ganó la final en aquel partido de fútbol, pero no marcó el gol decisivo. Y la chica no es que sea fea, pero… por supuesto que no le ha dado todos esos besos de los que presume. Es más, Laura apenas se ha fijado en él porque es la novia del delantero goleador del equipo. Así que el resto del relato se cae por su propio peso. Lo único cierto ha sido el grito.
Gabriel gritó después de arremeter contra el espejo del salón, pues a quien odiaba no era otro que a sí mismo. Dice que es una estrella, pero el que va de estrella acaba estrellado.
