XXII Edición

Curso 2025-2026

Flavia Gutiérrez

Entre nosotras

Flavia Gutiérrez, 14 años

Colegio Salcantay (Lima, Perú)

Recuerdo que ocurrió cerca de la playa: unas cuantas amigas decidimos pasar unos días fuera de la ciudad, para relajarnos antes de que empezara el nuevo curso. La primera noche nos desvelamos, así que decidimos sentarnos en la cama, en silencio, para escuchar la música del mar.

Un rato después, comenzamos a charlar acerca de cosas sin importancia relacionadas con el colegio, hasta que, poco a poco, la conversación derivó a asuntos personales que guardábamos en secreto: recuerdos dolorosos, pérdidas de gente querida, situaciones que nos han obligado a madurar. En conclusión, circunstancias que nos pesaban por mantenerlas escondidas.

Me sorprendió la fluidez de aquella conversación que nos obligó a mostrarnos valientes. No soy propensa a dar a conocer mis problemas a los demás; intento convencerme de que soy capaz de resolverlos por mí sola, incluso cuando sé que mi determinación no es positiva. Fue al sentirme acompañada que me colmó una tranquilidad inusual, que nacía de una total confianza hacia mis amigas. Ninguna de nosotras menospreció a la que le correspondía hablar, ninguna evitó enfrentarse a asuntos complejos y ninguna dio consejos innecesarios. Escucharnos fue suficiente para empezar a sanar.

Muchos adultos piensan que a nuestra edad nos tomamos las cosas a la ligera, pero no es así. Lo que nos pasa es que no encontramos a las personas en las que volcar nuestro corazón en el momento adecuado, ya que estamos acostumbradas a la inmediatez de los mensajes y a las risas constantes, de modo que no descubrimos cuándo se da el entorno necesario para la comunicación madura. Es en ese silencio acompañado que descubrimos un mundo interior mucho más complejo de lo que solemos expresar a diario.

Aquella noche junto al mar no ocurrió nada extraordinario, más allá del encuentro de unas cuantas amigas a las que, de pronto, se les desveló que la amistad no se manifiesta solo en los buenos momentos repletos de alegría, sino en la capacidad de escuchar al otro y confesar lo que nos pesa.