XXII Edición
Curso 2025-2026
En las arenas del Rif
Francisco Javier García Garrido-Lestache, 16 años
Colegio El Prado (Madrid)
En un movimiento mecánico, Tomás se caló el gorro para intentar huir de la violencia del sol, dejó de arrastrar los pies y se detuvo. Su mirada se perdió en la columna.
«¡Apenas hemos avanzado!», se exasperó.
Desde que les llegaron noticias del colapso y de la muerte del general Silvestre, la retirada había sido caótica. Trataban de llegar a uno de los blocaos que el ejército había establecido en su avance. Estaba situado en una elevación del terreno, en medio de un mar seco de estrechas gargantas. Aunque les faltaba poco, el peligro estaba latente, pues su desbandada había espoleado al enemigo.
Con los ojos entrecerrados, Tomás miró a su alrededor, y ante él apareció un paisaje difuminado.
–Imposible –musitó.
Había descubierto la silueta de una mujer, con un cabello rubio que se fundía con la arena. Se llevó la mano temblorosa a la alianza engastada en su dedo anular y alzó los brazos:
–¡María!
Avanzó, tambaleándose, hacia ella, pero la figura alzó un fusil y le apuntó. Guiado por el instinto, Tomás cayó cuerpo a tierra, y cuando se atrevió a elevar la mirada, fue testigo de cómo su mujer caía abatida bajo varios disparos españoles. Entonces se levantó ansioso, para continuar su carrera hasta donde estaba el cuerpo. Se trataba de un rifeño. Demudado, se echó de rodillas. Cuando sus compañeros se le acercaron para llevárselo de vuelta, se enfureció:
–¡Maldita sea! ¿Cómo es posible que estén en todos lados?
–Son diablos, mi alférez –respondió un soldado después de escupir–. Solo un salvaje puede vivir en este infierno.
Y levantándole con un movimiento brusco, continuaron su marcha hasta el blocao. En lo más alto de la construcción ondeaba la bandera española. Al pasar por los portones bajo la atenta mirada de los soldados de guardia, a Tomás le invadió la sensación de entrar en un ataúd. Un hombre salió a su encuentro. A pesar de su brazo vendado y el cansancio grabado en los ojos, su porte daba a su vejez una hidalguía de otra época. Le acompañaba el mando de la fortificación, un teniente. El anciano se apresuró a darles acogida:
–Bienvenidos. Soy el comandante De la Rosa. Sois el cuarto grupo en refugiarse aquí.
–Alférez Jiménez. A la orden, mi comandante –taconeó Tomás–. Somos los restos de la segunda compañía del San Fernando 11 –. Examinó el blocao–. ¿Qué unidades han conseguido llegar?
–¿Unidades? –estalló el teniente–. Aquí, alférez, solo hemos recogido despojos.
Tomás observó cómo su pequeño grupo caía exhausto a la sombra de una de las casetas.
–¿Es eso cierto, mi comandante? –interrogó.
–Por desgracia, sí. Por eso es un alivio teneros aquí.
–La escasez de agua es el problema más acuciante –continuó el teniente–. Y vuestros hombres volverán a reducir la ración.
Con el objeto de paliar ese problema, los oficiales organizaron varios grupos que se pasaron las horas almacenando el agua de unos pozos cercanos.
Tras una mañana agotadora, Tomás se sentó en un terraplén y sacó con cuidado unos pliegos arrugados que llevaba en el bolsillo de su guerrera.
“No sé, Tomás, cuándo te llegará esta carta, ni si la podrás leer antes de tu vuelta a España. El periódico dice que, gracias a Dios, la región está ya pacificada. Yo estoy bien, aunque cada vez me cuesta más llevar el embarazo. Tu madre me ayuda en todo. Cada día estoy más nerviosa. No sé cómo llamaremos a nuestro hijo: ¿Qué tal te suenan Julián o Pilar, como sus abuelos?”.
Tomás murmuró para sí:
–María, si es un niño lo llamaremos Tomás. Tomás Jiménez Díaz, suena bien. Y si es niña… si es una niña la llamaremos Pilar. No solo por tu madre sino porque la Virgen nos protege.
Cuando hizo ademán de tomar su pluma, la voz del teniente lo sobresaltó:
–¡Jiménez! Deje de vaguear y venga aquí, que estos maderos no se van a mover solos.
Con un resoplido, Tomás se puso a trabajar codo con codo con sus hombres bajo la atenta mirada del teniente, pero, en cuanto este se descuidó, aprovechó para retirarse tras la caseta para escribir una respuesta.
«Luego no tendré tiempo» pensó.
Con el atardecer, distinguieron los variopintos ropajes de los rifeños. Tomás apretó los puños de satisfacción cuando las salvas de los cuatro cañones Schneider los dispersaron. Los soldados gritaron de júbilo mientras el teniente negaba con la cabeza. La noche, sin embargo, los devolvió a la realidad. Tras acabar con los guardias, los aullidos de los rifeños se mezclaron con el fuego de fusilería y dieron paso a la matanza. Habían escalado las laderas de la colina.
Tomás, confuso, caló la bayoneta en el fusil. El caos de la batalla llenaba el blocao. De la Rosa, junto con el teniente, trataban de coordinar la resistencia. Una vez los defensores se recobraron de la sorpresa, el contraataque de la tropa española hizo que los rifeños se retiraran.
El alba trajo consigo una visión desconsoladora: los supervivientes descubrieron muchas bajas entre la guarnición, sobre todo heridos que no habían podido defenderse. Tomás contempló cómo dos hombres llevaban un cuerpo envuelto en una manta.
–De la Rosa… –murmuró a la vez que se quitaba el gorro.
–¡Alférez! –voceó un soldado –. Venga a ver esto.
–¿Qué ocurre?
–¿Qué es ese bulto que suben los moros por aquella otra colina?
El brillo del metal le desconcertó. Después de un vistazo a través de los prismáticos , Tomás palideció:
–¡Es un cañón! Deben de haberlo traído de Monte Arruit… ¡Van a asediarnos! ¡Artilleros… fuego de contrabatería!
Los soldados corrieron a los parapetos mientras los silbidos de los proyectiles cortaban el aire. Sin embargo, las municiones se acabaron pronto y los días se convirtieron en semanas. Mediante el heliógrafo, Melilla les prometió unos suministros y refuerzos que nunca llegaron. Por más que suplicaron, solo recibieron mensajes de ánimo. El teniente, ante el hambre y la sed de la soldadesca, terminó por pedir parlamento a los rifeños, que fueron inflexibles: debían entregar las armas. Sin más opciones, aceptaron sus condiciones y salieron del blocao. Nunca terminaron su marcha hacia Melilla.
Entre los cuerpos mutilados, una avanzadilla española encontró unos pliegos con manchas de sangre. Su autor firmaba así:
“Y aquí, María, tengo que dejar de escribirte. Se me está acabando la tinta. He redactado mis vivencias no para inquietarte, porque volveré, querida, sino para que cuando nos encontremos, el uno frente al otro, solo sea necesario el silencio.
Te ama, tu Tomás”.