XXII Edición
Curso 2025-2026
El valor de pensar por uno mismo
Máximo Montero, 17 años
Colegio Santa Margarita (Lima, Perú)
Desde pequeños, nos van enseñando a responder correctamente a las preguntas de los adultos, a levantar la mano antes de hablar, a decir lo correcto y, sobre todo, a no equivocarnos. Pero en todo ese proceso hay algo en lo que casi nunca se nos instruye: en la ciencia de pensar por nosotros mismos. Y es que, en un mundo repleto de opiniones (en el que todas pretenden ser válidas), esta capacidad es cada vez más necesaria.
Conversando con unos amigos, caí en la cuenta de algo curioso: nos encontrábamos debatiendo a cerca de un asunto polémico, pero sin darnos cuenta repetíamos como loros las ideas que habíamos leído en nuestras redes sociales. Me sentí patético, pues entendí que no me había detenido a considerar el motivo de mis afirmaciones. Es decir, platicaba como si viniera aprendido de casa, sin preguntarme si realmente creía mis argumentos.
Cada día nos encontramos con personas que defienden posturas que no terminan de entender, y con discusiones que son un simple intercambio de frases ajenas. Reflexionar exige tiempo, esfuerzo y, muchas veces, incomodidad, y no todo el mundo está dispuesto a hacerlo.
Es cierto que –de algún modo– nos alimentamos de aquello que piensan y dicen otras personas a las que concedemos autoridad intelectual o moral. Por ejemplo, mis padres y mis profesores tienen autoridad sobre mí para indicarme qué debo hacer, y me fío de ellos. No me cuesta reconocer que me he apropiado de muchas de sus ideas. Por otra parte, su sabiduría me ha ahorrado un tiempo precioso de reflexión. Sin embargo, hay una gran diferencia entre aprender y depender.
Aprender es entender: entiendo que debo evitar la mentira o que tendré que pagar los impuestos que me correspondan. Es cuestionarse y adaptar lo aprendido a la realidad de cada momento. Depender es aceptar lo que nos dicen, sin valorarlo: por ejemplo, que mi madre siga eligiendo por mí la ropa que visto o que deba abrazar las opiniones políticas de mi abuelo porque forman parte de la tradición familiar.
Tener un pensamiento propio no significa cerrarse a lo que dicen unos y otros, ni rechazar todo los argumentos que vienen de afuera. Significa saber escuchar, analizar y tomar decisiones con criterio. No es el camino más fácil, pero sí el más auténtico, porque en un mundo donde todos hablan, lo necesario no es repetir sino atreverse a desarrollar un criterio propio.