XXII Edición

Curso 2025 - 2026

Alejandro Quintana

El USS Growler 

Francisco Javier García Garrido-Lestache, 16 años

Colegio El Prado (Madrid)

James suspiró mientras avanzaba por el estrecho pasillo del submarino, echó un vistazo rápido y ansioso a su reloj: eran las doce y media de la noche. Acababa de terminar su turno de guardia en el puente, que había sido muy cansado porque una espesa niebla había envuelto al submarino, dificultando su labor de vigía. Navegaban emergidos, en la superficie. Durante la guardia James había vislumbrado la presunta silueta de un buque, para concluir que había sido una confusión producto del cansancio.

Al llegar a las literas, se tumbó en su pequeño catre e intentó conciliar el sueño, mecido por las olas que se estrellaban contra la coraza metálica del USS Growler. Para su desesperación, sonó la campana del zafarrancho de combate, así que se vio obligado a saltar de su litera y echar a correr hacia el puesto dando tumbos entre un caótico revoltijo de hombres. Cuando llegaron al puente de mando, el comandante Gilmore, un veterano submarinista al que todos admiraban, les dio a conocer la razón de la alerta:

–Acabamos de avistar un buque enemigo, aunque a causa de esta maldita niebla no hemos podido identificarlo.

Un golpe de adrenalina despertó definitivamente a James. 

–Está pasando de largo mi comandante –informó a viva voz uno de los marineros. 

La tropa soltó un suspiro de alivio. Enseguida se relajaron y empezaron a compartir risas. El segundo de Gilmore, Arnold Schade, que seguía tratando de descifrar la silueta del misterioso buque desde uno de los periscopios, les comunicó con su habitual seriedad:

–Es un carguero japonés.

–¿Está usted seguro? –le preguntó Gilmore.

–Me juego la paga de este mes –fue su decidida respuesta.

La nave se perdió entre la bruma. Sin embargo, unos minutos después se oyó un grito de pánico desde el puente:

–¡Está virando!... ¡Se nos echa encima!

El buque japonés había girado en redondo, con la intención de embestir al submarino para hundirlo. Los estadounidenses no tenían tiempo suficiente para sumergirse y evitar la colisión. Tampoco podían dispararle un torpedo, pues el enemigo estaba demasiado cerca.

Gilmore, consciente de que el barco podría enviar al Growler a pique, ordenó que se diera un giro brusco para tomar otro rumbo. Se había formado un silencio tenso, de modo que gobernaba el rugir de la maquinaria. Gruesos goterones de sudor surcaban el rostro de James. Aquellos segundos se le hicieron eternos. De repente, las dos grandes masas de acero impactaron en un choque brutal. En la sacudida, James se dio un golpe en la cabeza y perdió el conocimiento.

Al volver en sí, escuchó algunos disparos en el exterior. Armado con una pistola ascendió por la escalera que conducía a la escotilla de la torre. El espectáculo que descubrió le dejó paralizado: el Hayasaki estaba armado con ametralladoras pesadas, con las que los japoneses barrían el submarino. El morro de la proa se había doblado cómo una nariz rota. El comandante respondía a los nipones, cuyo barco había recibido el golpe en el centro del casco.

James distinguía el rostro de sus enemigos y sus expresiones de dolor cuando caían heridos, al tiempo que sus compañeros perdían la vida. La única salvación era que Gilmore ordenara la inmersión.

–¡Todos adentro! –exclamó el comandante. 

James permaneció junto a la escotilla, listo para cerrarla una vez su superior estuviera a salvo. Cuando Gilmore comenzó a ascender por el exterior junto con un marinero, una ráfaga los derribó en plena escalada. James, sobrecogido, se asomó sin tener en cuenta las balas que silbaban a su alrededor. El comandante estaba gravemente herido, y el soldado había muerto al instante. Quiso bajar a rescatarle, pero el Gilmore le gritó: 

–¡Marinero, entre y cierre esa escotilla!

–No, señor. No le voy a dejar morir.

–¡Bájela! –insistió con vehemencia.

James cumplió aquella última orden con pesar, aunque orgulloso al saber que iba a morir un héroe.

Tan pronto la cerró, comenzó la inmersión de emergencia. El agua empezó a sepultar al viejo submarinista que, resignado, exhaló su último aliento a la vez que deseaba suerte a su tripulación. Su cuerpo quedó flotando en el mar.

Tras conseguir posarse en el fondo, el USS Growler realizó unas reparaciones de emergencia. Al amanecer, después de comprobar que el enemigo se había retirado, emergieron para recuperar el cadáver de su comandante. Sin embargo, no lo encontraron.