XXII Edición

Curso 2025 - 2026

Inés Montoliu

El último nombre

Inés Montoliu, 14 años

Colegio Canigó (Barcelona)

En la pista del gimnasio del colegio, los compañeros de curso se observaban los unos a los otros con la tensión previa al inicio de un partido de baloncesto. Los capitanes, después de estrecharse la mano, comenzaron a escoger a los jugadores de cada equipo. Como de costumbre, cada cual fue eligiendo a los mejores, después a los que no destacaban, pero podían realizar un papel razonable sobre la pista y, por último, quedó Mateo. Es decir, ninguno de los dos pronunció su nombre, como si su compañero fuera invisible o no se encontrara allí, ataviado con su equipación.

Mateo intuía que aquello iba a pasar, pues ya le había ocurrido otras veces: al final terminaba en uno de los equipos no por sus méritos sino porque al capitán que elegía en segundo lugar no le quedaba otra opción. Se quedó inmóvil, con los ojos clavados en la tarima.

–¡No es justo, Marcos! Yo quería a Nacho –protestó Lucas, uno de los dos capitanes–. Mateo es un desastre y, además, siempre tiene que acabar en mi equipo.

Mateo no dijo nada, y se unió a sus compañeros con la seguridad de que no le pasarían la pelota. Como Leo aquel día no había ido al colegio, eran números impares.

«Seguramente me mandarán al banquillo», pensó.

Esta vez no se molestaría en preguntar si podía jugar. Se sentaría y aprovecharía el tiempo que durara el partido para acabar los deberes de Matemáticas.

Sus compañeros corrían de canasta a canasta mientras el reloj avanzaba, sin que su capitán reclamara a Mateo. Cuando el timbre anunció el final de la clase, recogieron el balón y todos abandonaron el gimnasio.

Una semana después, la profesora de Educación Física los reunió en el centro de la pista.

–Hoy no vais a elegir los equipos de baloncesto –anunció–. Esta vez lo haré yo, al azar.

Algunos alumnos protestaron y otros se miraron sorprendidos. Mateo no dijo nada.

–Lucas, Santi, Quique y Ricardo os unís al equipo de Guille, Leo… –continuó la profesora–. El siguiente equipo lo formarán Marcos, Juan Tomás y… Mateo, Nacho, Jacobo y Nico; Luis será vuestro capitán.

Esta vez nadie estaba enfermo y Mateo podría jugar. Sin embargo, era de esperar que lo ignoraran y no le pasaran el balón.

A medida que transcurría el partido, el marcador se igualó. Pero, poco antes de que se acabara el tiempo, el equipo de Luis perdía por unos pocos puntos. La única esperanza era que Nacho consiguiera encestar un triple, pero varios defensas del equipo contrario impedían sus movimientos. Todos sus compañeros le pedían que les pasara el balón. Para su sorpresa, se lo lanzó a Mateo.

–¡Mateo! –le gritó– Tira.

Lucas, uno de los defensas, se burló de lo que acababa de hacer:

–Ahora sí que tenemos el partido ganado.

Mateo lanzó el balón hacia el aro. Se sintió la tensión en el aire. La pelota entró en la canasta cuando un pitido anunció que el partido había acabado.

–El equipo de Mateo ha ganado –anunció la profesora.

Los compañeros lo levantaron sobre sus brazos mientras celebraban la victoria.

Siete días más tarde, la clase tuvo que volver a hacer dos equipos. Mateo se había convertido en la gran figura. Él sonrió. Había comprendido que su valía no dependía de que otros lo eligieran, sino de encontrarse preparado para dar lo mejor de sí mismo cuando llegara su momento. Además, pensó que si de nuevo eran los capitanes quienes decidían las alineaciones, otro chico empezaría a sufrir lo que él llevaba sufriendo desde el inicio del curso.

–¿Y si lo hacemos al azar? –propuso.