XXII Edición
Curso 2025 - 2026
El último disparo
Hugo Castanet, 15 años
Colegio Altair (Sevilla)
El campo de tierra, ubicado en una esquina del barrio Federico García Lorca, era su rincón favorito de Sevilla para jugar al fútbol, aunque estuviera muy descuidado: las porterías no tenían red, los postes se encontraban inclinados y repletos de golpes y pintadas, y eran ellos mismos, los jóvenes deportistas, quienes se encargaban de dibujar las rayas reglamentarias con polvo de cal. Sin embargo, para aquel grupo de amigos se trataba de un gran estadio.
Una mañana, Hugo apareció ante sus amigos con la noticia de que el ayuntamiento había decidido clausurar aquel campo de tierra para iniciar las obras de un futuro aparcamiento. Se quedaron demudados. Nacho propuso recoger firmas de protesta entre los vecinos, pero enseguida fueron conscientes de que no iban a poder evitarlo.
Semanas más tarde se iba a celebrar la final de la copa de la barriada, es decir, el último partido de una modesta liguilla. Hasta entonces, los "altaireños" (era como se denominaba el equipo de Hugo, Nacho y los demás, por representar al colegio Altair, centro en el que estudiaban) no habían ganado ningún título, por lo que se convencieron de que había llegado el momento de despedirse de aquella cancha de arena de la mejor manera posible.
Hugo llegó antes que el resto, empujado por la nostalgia. Quería caminar solo por el campo para pensar en lo que tantas veces le había contado su padre: que en ese mismo lugar, Joaquín Sánchez, la estrella del Betis, había dado sus primeras patadas a un balón. Quizás fue allí en donde desarrolló su asombrosa capacidad para regatear como si hiciera magia. Cuando se detuvo en el centro de la explanada, cerró los ojos para imaginarse a un joven Joaquín dando carreras con los edificios del barrio como telón de fondo.
Una vez aparecieron los demás jugadores, Hugo percibió que entre ellos había un ambiente que mezclaba nervios y emoción. Media hora después salieron todos al campo, los capitanes sortearon el saque y sonó el silbato del árbitro.
El comienzo del partido fue muy sucio: hubo empujones, patadas, algunas tarjetas amarillas… Los contrincantes, con el banderín de Su Eminencia, eran futbolistas experimentados y, además, de gran estatura. En la primera parte del encuentro marcaron un gol que parecía definitivo, pues los del Altair no conseguían acercarse al área contraria. Hugo, delantero, era incapaz de avanzar con la pelota, pues enseguida le acorralaban dos o tres defensas. Los amigos se encontraba desanimados.
En el descanso, el míster se acercó a Hugo.
—Escucha —le dijo—. ¿Sabes quién jugó como nadie en este campo?
—Sí; Joaquín Sánchez —respondió con seguridad.
—Ese mismo. Y te voy a decir algo: nunca jugó con miedo.
Hugo se quedó con aquellas palabras en la cabeza.
Empezó la segunda parte. Salieron a por todas, pero el gol no llegaba y el reloj avanzaba en su contra. Hugo sentía que estaban perdiendo su última oportunidad para hacer historia en el Federico García Lorca, pero casi al final de los cuarenta y cinco minutos, le llegó un pase. Se encontraba en medio del campo. Creyó que le temblaban las piernas.
«Si este es el último partido en este campo, no tenemos nada que perder».
Decidido, arrancó a correr hacia delante y regateó un jugador, luego a otro. Un defensa intentó detenerlo con una patada, pero Hugo tuvo reflejos para esquivarla, y cuando se quiso dar cuenta ya estaba dentro del área. Levantó la cabeza, vio al portero, que había dado unos pasos hacia él, y chutó con todas sus fuerzas. El balón acarició el larguero y entró lentamente, como si estuviera eligiendo su destino.
Los "altaireños" gritaron como locos. Habían empatado.
En aquel barrio, si una final acaba en empate, la costumbre era que ganaba el partido quien metía el último gol. Así que, por primera vez, se habían convertido en campeones.
Hugo cayó de rodillas en la arena con los ojos clavados en el cielo. Sabía que al día siguiente aquel campo desaparecería, pero también que lo que acababa de ocurrir no lo iba a olvidar nunca, pues, por primera vez, había jugado como su ídolo: sin miedo.
Desde aquel entonces, los equipos que ganan el trofeo del barrio se acercan al aparcamiento, para honrar la memoria del antiguo campo y recordar aquella jornada en la que Altair se convirtió en campeón.