XXII Edición

Curso 2025-2026

Inés Montoliu

El semáforo en rojo

Inés Montoliu, 14 años

Colegio Canigó (Barcelona)

A ella no le gustaba llegar tarde, y a su padre aún menos.

—Papá, el colegio empieza a las nueve. ¿Crees que llegamos? —preguntó la niña, sin poder evitar una sonrisa.

—Un poco justos, pero lo arreglaremos —le respondió divertido.

El hombre apretó el paso. Para una niña de seis años, aquello era casi una carrera. ¡Así no había forma de jugar! Además, aquel no era el camino de siempre. Normalmente cruzaban el parque, pero ese día caminaban por calles llenas de gente. Un semáforo se puso en rojo. Ella había aprendido que ante ese color de luz había que detenerse y esperar a que se pusiera en verde. Pero su padre hizo caso omiso y siguió andando.

—Está en rojo —le señaló a modo de regañina—; no se puede cruzar.

—No pasa nada —le dijo él—. Soy especial.

La niña se quedó pensativa mientras cruzaban la calle.

—¿Yo también soy especial? —le preguntó al cabo de unos segundos.

Su padre la miró y sonrió.

—Gaby, tú eres la niña más especial del mundo.

Ella le devolvió la sonrisa. Acababa de comprender que si eran especiales… podían hacerlo.

Al llegar al colegio, ya estaba formada la fila para recoger el cuaderno. A Gaby no le gustaba esperar; nunca le había gustado. Vio a su mejor amiga, Paula, colocada casi a la cabecera de la hilera. Sin pensarlo, avanzó entre empujones hasta colocarse justo detrás de ella.

—Eh, eso no vale —protestó Hugo, y como de costumbre fue a chivarse a la profesora.

—Gabriela, vuelve a tu sitio, por favor —le ordenó miss Mary en tono firme.

Gaby negó con la cabeza.

—No. Yo soy especial.

La profesora frunció ligeramente el ceño, a punto de intervenir, pero en ese momento Santi rompió a llorar porque echaba de menos a sus padres. Aprovechando aquella distracción, Gaby cogió su cuaderno y se fue a su sitio.

Más tarde, en clase, Paula y ella jugaron al supermercado.

—Buenos días —dijo Paula—. ¿Me pone un kilo de naranjas, por favor?

Gaby iba a responder, pero entonces vio su libro favorito en la estantería y el juego dejó de interesarle.

—Shhh… —susurró—. Aquí no se puede hablar; esto es una biblioteca.

Paula la miró confundida.

—Pero, Gaby… No puedes cambiar el juego.

La discusión llamó la atención de Miss Mary.

—¿Qué está pasando aquí, niñas? —preguntó acercándose a ellas.

—Gaby está cambiando el juego —le explicó Paula—.No puede hacer eso.

—Sí que puedo —protestó Gaby—, porque soy especial.

La profesora suspiró, esta vez con más calma.

—¿Y quién te ha dicho eso, Gaby?

—Mi padre.

Miss Mary asintió despacio.

—Muy bien. Entonces, vamos a hablar con él.

Pocos minutos después llegó el padre. Gabriela lo miraba desde su pupitre. Sabía que no debía escuchar conversaciones ajenas, pero si era especial, quizá sí podía.

—Su hija no se está portando muy bien —explicó la profesora—. Se salta la fila, no respeta a sus compañeros…

—¿Le pasa algo? ¿Hay alguna razón? —preguntó el padre, preocupado.

—Dice que usted le ha dicho que es especial.

Pareció entenderlo todo de golpe. Asintió despacio.

—Voy a hablar con ella.

Se acercó a Gabriela y se agachó a su altura para darle un abrazo suave.

—Hola, bichito —le soltó un amable toquecito en la nariz—. ¿Recuerdas lo que te he dicho de que eres especial?

—Sí —respondió Gabriela.

El padre suspiró un segundo.

—Pues… no lo eres…

Gabriela se quedó mirándole, sin entender.

—Para mí y para mamá eres la más especial —añadió—, pero eso no significa que puedas saltarte las normas. ¿Vale?

—Sí —respondió bajito.

Cuando su padre se fue, caminó despacio hasta donde estaba Paula.

—Ya no soy especial —dijo, como si aún lo estuviera entendiendo.

Paula no respondió sino que le regaló una sonrisa..

—¿Jugamos a las tiendas? —propuso.

Gabriela asintió, y jugaron juntas hasta que sonó el timbre.

Al salir del colegio, su padre la esperaba en la puerta. Esta vez no iban con prisa. Caminaban tranquilos. Al llegar al semáforo, la luz estaba en rojo. El padre se detuvo.

—Está en rojo. Tenemos que parar.

Gabriela levantó la vista hacia él.

—Lo sé –le sonrió–. Ya no somos especiales.

Entonces el hombre se llenó de orgullo.