XXII Edición

Curso 2025-2026

Nahia Zapatero

El rugido de la vocación

Nahia Zapatero, 18 años

Colegio Ayalde (Vizcaya)

A Leo un nudo en el pecho amenazaba con ahogarle. Un nudo que no era producto únicamente de su indecisión, sino del peso de una cena tras otra en la que el silencio se cortaba con el sonido de los cubiertos. Su padre, arquitecto de éxito, calificaba la pasión de Leo por la mecánica como un pasatiempo adolescente, una fase que debía morir para dar paso a la «verdadera formación académica». Y su madre, ingeniero de mente cuadriculada, hacía una mueca de desagrado cada vez que se lo encontraba en el garaje con las manos cubiertas de grasa.

El conflicto estalló la noche que Leo rechazó la matrícula en la Escuela de Ingeniería de una prestigiosa universidad que no aceptaba a cualquier candidato. Su padre, furioso, le gritó exigiéndole una explicación, mientras su madre negaba con la cabeza con decepción, incapaz siquiera de mirarle.

—¡No quiero diseñar los motores desde un software! -estalló Leo tras aguantar con los puños apretados los gritos de su padre–. Quiero sentir cómo laten, tocarlos con mis manos, ver cómo funcionan y arreglarlos.

Y con eso se marchó a refugiarse a su habitación. Mientras, sus padres se quedaron en la mesa en un silencio sepulcral. Para ellos, aquello les sonaba a renuncia, a elegir una vida de esfuerzo físico frente a la seguridad de un despacho. Para Leo, era el comienzo de un sueño, de un mundo hermoso en el que quería vivir a toda costa.

Aquella tensión se mantuvo durante días en los que comida y cena quedaron envueltas en un pesado silencio y las miradas fijas en los platos. Sin embargo, Leo, a escondidas en el garaje logró restaurar por completo el motor de un coche clásico que llevaba décadas parado. Aquel vehículo fue un regalo de su abuelo, quien siempre lo apoyó y era su inspiración. Al escuchar el rugido al arrancarlo, su padre bajó las escaleras, furioso, para protestar por el ruido. Sin embargo, al ver el brillo en los ojos de su hijo, que lo recibió con orgullo junto al automóvil, las palabras murieron en su garganta.

Ante esa escena, el hombre tuvo un flahsback. Recordó su devoción por el dibujo técnico. Al fin comprendió que el éxito no solo se mide mediante títulos académicos, sino a través de la excelencia de lo que uno ama hacer. Esa noche la cena fue tranquila, amena, una reunión familiar en la que se disiparon la tensión y las miradas decepcionadas.

Tras un rato, la madre de Leo se animó a comentar lo que le acababa de contarle su marido. Ella también había entendido que la pasión de Leo no era solo una fase vital, sino el sueño que quería cumplir.

A día de hoy, Leo participa en un programa de especialización en mecánica de competición. Sus padres fueron los primeros en celebrarlo.