XXII Edición
Curso 2025 - 2026
El rostro de los amigos
Juan Pablo Espada, 14 años
Colegio El Prado (Madrid)
Todas los días, Mario veía la misma cara sonriente. Se trataba de un rostro espantoso y, al mismo tiempo, extrañamente familiar, que parecía desafiarle de manera burlona.
La primera vez que se le apareció, fue mientras se cepillaba los dientes. La cara se hallaba en el interior del espejo de su cuarto de baño, haciéndole gestos extraños y mostrando unos dientes afilados y amenazantes. Mario observó aquel rostro, pero en un instante se volvió a ver a sí mismo.
La segunda ocurrió mientras se peinaba. Esta vez la cara llevaba el pelo enmarañado de una forma ridícula. Confundido, Mario decidió marcharse de la habitación.
La tercera vez sucedió mientras observaba distraído por la ventana, cuando en el cristal apreció el reflejo de la figura. Rápidamente se dio la vuelta, para comprobar si había alguien más en la habitación, pero encontró que se hallaba solo.
A esa tercera aparición le siguió una cuarta, y después una quinta y una sexta… Por eso decidió llamar a la policía, que no quiso prestarle atención. Y como narró aquel extraño suceso a sus vecinos, no tardó en ser considerado “el loco del barrio”.
Como no quería ser la comidilla de aquellas calles ni que la extraña visión le atosigara, puso en venta su piso y se compró un apartamento en el lado opuesto de la ciudad. Realizó la mudanza, y la primera noche abrió una botella de vino para celebrar que tenía un segundo hogar sin rostros que lo atosigaran.
–Al fin podré dormir en paz –se dijo.
Sin embargo, aquel misterioso personaje volvió a aparecérsele en la pantalla apagada de su televisor, en los espejos y cristales, también en los de los edificios colindantes, incluso en el agua del estanque de un parque.
Aquellos extraños sucesos le hicieron discutir con sus familiares y amigos. Nadie le creía. Después de que le recomendaran pedir cita con un psiquiatra, tomó la triste decisión de romper la relación con sus padres.
Semanas después le llamaron de la policía para decirle que sus padres estaban malheridos a causa de un accidente de circulación. Fue enseguida al lugar del suceso, y en la rota ventanilla del vehículo accidentado se encontró con la cara una vez más. Huyó despavorido, pero el rostro le perseguía: estaba en los escaparates de las tiendas por las que pasó, en los cristales de las puertas de los portales... La cara lo miraba, lloraba, parecía asustada… Pensó que se burlaba de él con crueldad.
Unos años después vivía tranquilo, pero a veces tenían que maniatarlo a la cama. Pero cuando paseaba por el jardín acompañado de unos hombres que llevaban batas blancas y veía el rostro, ya no se asustaba. El doctor le había dicho que el roce hace el cariño, que la amistad entre dos personas surge a medida que se van conociendo.