XXII Edición

Curso 2025 - 2026

Alejandro Quintana

El reloj y el recuerdo 

Valentina Moy, 15 años

Colegio Santa Margarita (Lima, Perú)

Los vecinos comentaban que el relojero podía reparar cualquier maquinaria. Cada mañana lo veían cruzar la calle hasta su taller, apoyado en un bastón, pues el hombre padecía de una cojera persistente. Pensaban que aquello era consecuencia del desgaste natural que conlleva la edad, de una vida inclinada sobre miles de relojes. Ninguno de ellos sabía que el cuerpo del relojero se había roto mucho antes que empezara la práctica de su oficio.

En el taller, rodeado de manijas, muelles, coronas, esferas, correas y recuerdos circulares… el relojero trabajaba en silencio. Pasaba las horas ajustando diminutos tornillos, después pulía cristales, alineaba engranajes y los aceitaba para que volvieran a girar sin resistencia.

No todos aquellos los relojes marcaban el tiempo. Algunos guardaban risas, otros despedidas, otros promesas que no fueron cumplidas. Aquel relojero tenía el don de atrapar recuerdos en el interior de los mecanismos, encerrarlos detrás de las portezuelas de vidrio para que el dolor no siguiera atosigando a quienes lo habían padecido. De hecho, los clientes jamás le preguntaron cómo lo hacía, cuál era su ciencia. Les gustaba aquel relojero porque en cuanto le dejaban una máquina, algo dentro de ellos pesaba un poquito menos.

Al caer la noche, cuando el taller se quedaba vacío, aquel hombre cerraba la puerta desde el interior y recorría el espacio con una mirada lenta y escrutadora, de contable. Sabía qué recuerdo habitaba en cada reloj, en cada mecanismo. Eran muchos, demasiados, pero ninguno lo inquietaba porque había aprendido a convivir con recuerdos ajenos, no así con los propios. Por eso su atención terminaba descendiendo hasta una mesa baja, en el fondo de la tienda, donde descansa un reloj que no marcaba la hora correcta. Ese reloj contenía sus propios recuerdos.

No era el más grande ni el más antiguo, ni estaba fabricado con un material valioso, pero sufría un gran deterioro. La caja de metal, que en el pasado relució un atractivo brillo, estaba cubierta por pequeñas manchas de óxido, y una grieta se extendía por el cristal de la esfera desde un borde hasta el centro. Las manecillas avanzaban con esfuerzo y con un sonido quejoso.

El relojero buscaba excusas para detenerse ante él, y pasaba las horas examinándolo. Cada día se rompía algo nuevo en su mecanismo. Es cierto que la grieta crecía, como se extendía el óxido y el tic-tac iba perdiendo regularidad, pero no era el paso de los años lo que dañaba al reloj sino la obsesión de su creador, incapaz de dejar quieto aquello que ocurrió muchos años atrás.

El recuerdo nunca aparecía completo sino que se filtraba en fragmentos desordenados. Primero veía a su cuerpo bien entrenado, que sabía cuándo impulsarse, cuando girar, cuando caer. Luego, el lugar: el escenario abierto, la luz que le cegaba, el silencio previo a la música. El relojero recordaba su concentración en aquel viejo instante, la certeza de cada movimiento tenía su lugar preciso, de que no había margen de error…  Hasta que lo hubo.

No fue un tropiezo ni una caída aparatosa. Fue el error en un cálculo mínimo, un ajuste tardío, una decisión tomada una fracción de segundo después de lo necesario. No pudo finalizar el salto y descendió antes de tiempo, para impactar de manera definitiva sobre las tablas.

Le atosigaba el recuerdo no solo por el dolor físico, sino por lo que vino luego: el telón bajó sin aplausos, las voces murmuraban preocupadas por detrás del escenario. Le leyeron el diagnóstico con un tono neutro, profesional: no volvería a bailar. Nunca

Aquel fue el momento preciso en el que se encerró en el reloj. No el accidente sino la certeza posterior, el instante en el que comprendió que su vida no iba a seguir el trayecto por el que había trabajado tantos años. Por eso regresaba una y otra vez hasta aquel reloj, sin intención de que pudiera cambiar el pasado, sino de comprobar que aún existía. Mientras aquel recuerdo siguiera atrapado, el bailarín que el relojero fue no desaparecería del todo. 

Pero esa noche el reloj dejó de resistirse. El sonido fue seco, interno. Luego, el silencio. El vidrio terminó de ceder, una de las manecillas se cayó, el tic-tac se detuvo... El relojero no intentó repararlo; permaneció de pie, inmóvil, mientras se deshacía aquello que lo había mantenido cautivo. El dolor regresó con claridad: el escenario, la música, su cuerpo antes del accidente… Entendió que el reloj no se había roto a causa de su descuido, sino porque no tenía nada más que sostener.

Salió del taller antes del amanecer, arrastrando su cojera. Cruzó las calles, avanzó por un bulevar… El teatro estaba cerrado desde hacía tiempo, pero sus grandes puertas cedieron con facilidad. En el interior, el aire era denso y estaba quieto. El relojero avanzó hacia el escenario vacío y subió las escaleras sin prisa. No había público ni murmullos, no había luces que lo cegaran, no había promesas. 

No necesitó la música, aunque su cuerpo se movió al compás, a pesar de todas sus limitaciones. No hubo saltos ni giros limpios. Cada paso fue torpe, débil. No era el bailarín que fue un día, pero, por primera vez, no lo echó de menos.

Cuando se detuvo, respiró hondo. El recuerdo ya no exigía repetirse; había terminado. Por primera vez, no le esperaba en el interior de aquel reloj.