XXII Edición

Curso 2025 - 2026

Eva Lucena

El reloj que no marcaba la hora

Eva Lucena, 14 años

Colegio María Teresa (Madrid)

El profesor Alberto López siempre llegaba temprano a su facultad, en la Universidad de Navarra, donde impartía clase de Teoría del Lenguaje. Le gustaba la quietud de los pasillos vacíos, cuando no había alumnos estresados por los exámenes. El eco de sus pasos chocaba en las paredes blancas, acompañado por el piar de los pájaros que anidaban en los árboles del pequeño patio al que se asomaba la ventana de su despacho.

Mucho antes de que aparecieran los estudiantes, abría el aula y se sentaba a contemplar el reloj que colgaba encima de la puerta. Se trataba de un círculo dorado, decorado con símbolos extraños que parecían runas de alguna lengua antigua. Aunque tenía manecillas, estas nunca se movían. Sin embargo, cada vez que Alberto lo miraba sentía que algo había cambiado en aquella esfera. Sus alumnos, medio en broma, decían que el reloj marcaba la hora de otro universo y que las runas eran parte de un código secreto. En realidad, Alberto era el único que se lo tomaba en serio, pues sentía una extraña conexión con aquel singular objeto.

La tarde que la Universidad dio las vacaciones de Semana Santa, el profesor se quedó un rato más en el aula. Quería aprovechar aquel rato de quietud para corregir los últimos exámenes antes de que se iniciara el deseado puente.

Horas después guardó sus cosas en la cartera y se dispuso a salir rumbo a su casa. Iba a abrir la puerta cuando cayó en la cuenta de que el edificio estaba atrapado en un extraño silencio. Aún lucía el sol, pero no había ecos ni algarabía de aves. Alberto alzó la cabeza y observó el reloj, para descubrir que había algo nuevo. Movido por la curiosidad, avanzó por el aula para observarlo de cerca. De pronto, creyó oír el tic tac, sonido que nunca se había manifestado en aquel objeto. El reloj, de pronto, marcaba la hora. Y no cualquier hora sino exactamente la que mostraba el propio reloj de pulsera del profesor.

A Alberto se le hizo un nudo en la garganta al comprender que aquel instante —ese preciso segundo en que las dos agujas coincidían— era único, irrepetible. Se había pasado media vida intentando entender el tiempo, explicarlo, definirlo. Ante el reloj de pared comprendió que el tiempo no se explica, se agradece.

Tomó asiento en una de las mesas vacías y se dispuso a escribir una carta. El destinatario era él mismo, el muchacho que fue y que creía que todo duraba para siempre.

Cuando terminó, la dejó sobre su escritorio, plegada en dos.

Antes de marcharse, echó una última mirada al reloj. Las runas ya no brillaban.

Cuando los alumnos regresaron tras las vacaciones, Alberto no apareció en el aula. Sobre su mesa, junto a los libros perfectamente ordenados, encontraron aquella misiva, en la que solo había una frase:

“El tiempo sigue su curso. Quien aprende a amar, deja de temerlo”.

Desde entonces, una vez, cada año, cuando la luz del amanecer entra por la ventana del aula y acaricia el reloj, se escucha su leve tic tac. Es el segundero que conecta con la eternidad.