XXII Edición

Curso 2025-2026

Camila Leonor García

El reloj del futuro

Camila Leonor García, 16 años

Colegio Santa Margarita (Lima, Perú)

Mateo siempre tenía prisa. Al mismo tiempo, sentía que su vida era insignificante, por aburrida, y que lo mejor de ella estaba en un futuro lejano que todavía no le pertenecía, pero que deseaba alcanzar cuanto antes. Sus mayores deseos eran crecer rápido, finalizar el colegio, pasar por la universidad, ganar dinero, enamorarse, formar una familia y convertirse en un hombre independiente. Odiaba tener que esperar para que todo aquello se cumpliera.

Una tarde descubrió un antiguo reloj de pulsera en el escaparate de una relojería. A simple vista no le pareció un objeto especial, pero le llamó la atención el brillo sutil de la esfera, así como la manecilla del segundero, pues se movía más rápido de lo normal. Entró en el comercio, pidió que se lo mostraran y cuando lo tuvo en sus manos sintió la necesidad de girar la corona hacia adelante. En cuanto lo hizo, el mundo cambió. Ya no se encontraba en aquella tienda, sino en un departamento pequeño y silencioso. Había un espejo. Al mirarse en él, se encontró con el rostro de un hombre adulto. Parecía cansado, con ojeras muy marcadas y una expresión seria. Al principio no lo reconoció, pero se acercó un poco más, levantó la mano y el reflejo hizo lo mismo. Dudó unos segundos antes de seguir mirándose con atención, hasta que apartó la vista. Sobre una mesa halló un teléfono que no dejaba de vibrar con mensajes que provenían de una oficina. Lo tomó y al leerlos vio que en la pantalla aparecía su nombre. Al otro lado de la mesa había una montaña de facturas pendientes de pago, así como un sinfín de papeles por ordenar, todos ellos encabezados con sus datos.

Asustado, intentó retroceder las agujas del reloj. Giró la perilla hacia atrás, una y otra vez, pero las manecillas no se movieron.

A partir de entonces, cada nuevo día Mateo se veía obligado a tomar decisiones, cumplir nuevas obligaciones y enfrentar nuevos problemas. No sabía cómo resolverlos porque, en su impaciencia por hacerse mayor se había saltado los años de aprendizaje para saber manejar aquellas responsabilidades. Había querido disfrutar los resultados sin vivir el proceso, poseer el futuro sin estar preparado para aceptarlo.

Mateo sentía el peso de una vida que no estaba listo para sostener. Se levantaba temprano, respondía mensajes, intentaba ordenar sus cosas, pero todo volvía a acumularse. A veces se quedaba en silencio, sin saber por dónde empezar. Y lo peor era que no sabía cómo volver atrás.

Una noche dejó el teléfono sobre la mesa y observó el reloj. Entonces volvió a girar la corona y, en ese instante, todo volvió a cambiar. Mateo estaba otra vez frente a aquel escaparate y el reloj seguía en el mismo lugar. Esta vez no abrió la puerta del local para que se lo mostraran sino que se lo quedó mirándolo durante unos segundos y luego siguió su camino, más despacio que antes.

Al llegar a casa ya no sentía la urgencia de adelantar el tiempo. Al contrario, se sentó en la cama y, por primera vez en un largo tiempo, no pensó en el futuro como una meta que debía alcanzar cuanto antes, sino un reto que tenía que construir poco a poco.