XXII Edición

Curso 2025-2026

Daniela Rodríguez

El precio de la libertad

Daniela Rodríguez, 17 años

Colegio Senara (Madrid)

—Nunca, nunca, entres a mi taller —le había advertido su maestro en más de una ocasión.

Félix avanzaba con cautela por el pasillo. Aquellas palabras resonaban en su memoria como un eco sombrío.

—No deberías ver lo que tengo ahí dentro. Nadie puede saber qué se oculta tras esa puerta. Promételo.

—Lo prometo —había respondido en su día. Pero estaba dispuesto a quebrar aquel pacto.

La puerta se deslizó con lentitud, emitiendo un chirrido agudo de bisagras oxidadas. Félix se quedó decepcionado al contemplar la habitación que se abría ante él. En aquel espacio no había nada más que una mesa sobre la que descansaba un manuscrito, y las paredes desnudas estaban teñidas de humedad. Un ventanuco permitía la entrada de unos rayos de luz que caían directamente sobre el polvo de la mesa.

El aprendiz no lograba comprender por qué su maestro protegía con tanta vehemencia aquel cuarto. Intrigado, se acercó a la mesa y tomó el manuscrito, un fajo grueso de hojas manchadas de tinta. En las esquinas había quemazones accidentales, provocados cuando el alquimista intentaba escribir de noche a la luz de una vela. Las hojas estaban unidas por una cinta de cuero. Félix no pudo evitar sentir un golpe de nostalgia al reconocer el estilo desastroso y caótico de su mentor, el profesor Gypti, un hombre mayor, conocido por su carácter excéntrico y su obsesiva pasión por la alquimia. Se había negado a tener un aprendiz, hasta que descubrió el talento innato del joven Félix, al que crio y educó como si fuera su propio hijo. Durante meses circularon rumores acerca de su próximo y más ambicioso proyecto alquímico. Sin embargo, la noche previa a la presentación oficial de su creación, el maestro desapareció misteriosamente sin dejar rastro, y la ciudad se quedó sumida en la intriga y la curiosidad.

Había pasado un mes desde entonces y Félix, consumido por la desesperación al no encontrar pistas sobre su maestro, entró en el laboratorio prohibido como último recurso para resolver la búsqueda. Reconoció de inmediato la letra garabateada sobre la portada del manuscrito, donde leyó: “Libertad”. Leyó una lista minuciosa de ingredientes para distintos compuestos, acompañada de sus correspondientes instrucciones de preparación. Al lado de esos listados el maestro había registrado sus avances. En la última página, correspondiente a la misma noche en que desapareció, leyó la siguiente entrada:

«¡Al fin lo he conseguido! Tengo la fórmula capaz de darme la libertad. Al igual que el dinero compra la del esclavo, mi fórmula liberará a los alquimistas de las ataduras de este mundo. Solo me falta añadir un poco de vida para activar el intercambio».

Félix se quedó estupefacto. ¿En qué estaba pensando su mentor? No se podía generar una virtud tan abstracta como la libertad sin ofrecer algo de parecido valor; era la regla del intercambio equivalente, la ley más importante de la alquimia.

—Pero... ¿y si lo consiguió y huyó del pueblo para disfrutar de su ansiada libertad? –. Félix sintió el peso del miedo en su pecho y sacudió violentamente la cabeza–. ¡Imposible! —se dijo a sí mismo en voz alta—. El maestro no me abandonaría de esta manera. Tiene que haber otra respuesta.

Inspeccionó detalladamente cada una de las páginas, intentando averiguar cuál era la transmutación exacta que había usado el alquimista. Absorto en la lectura, las horas volaron, se hizo noche y la ciudad se sumió en el silencio.

—¡Maldición, no está aquí! —exclamó frustrado—. No lo entiendo… Si este manuscrito no contiene la respuesta, ¿por qué el maestro lo mantenía oculto con tanto celo?

Se puso de pie y observó el entorno con detenimiento. Tocó las paredes y golpeó las baldosas del suelo en busca de alguna trampilla secreta. Al ver que aquella búsqueda tampoco daba fruto, se dejó caer derrotado al suelo. En ese momento, descubrió que había algo escrito con tiza bajo la madera de la mesa: era la fórmula definitiva, estaba seguro de ello, así que le dio la vuelta al mueble y sonrió ante la astucia de su maestro.

—Si logro resolver esta fórmula, sabré qué le ocurrió y podré salvarle —susurró.

Los rayos matutinos empezaron a iluminar la sala cuando Félix acabó de reunir todos los componentes necesarios y los combinó en las proporciones exactas indicadas con tiza.

—Al incorporar el último ingrediente estaré a un paso de encontrar al profesor —pensó—. Veamos... Aquí pide algo con vida –se quedó pensativo–. Un poco de mi propia sangre ha de bastar.

Tomó un cuchillo, lo acercó a su mano, se hizo un corte limpio y dejó que la sangre cayera en el recipiente, tiñendo la mezcla con un color oscuro. Al instante surgió un humo espeso del caldero, que lo envolvió hasta que no fue capaz de ver. Satisfecho, se vendó la herida con un trozo de tela. Sin embargo, aunque pasaron las horas el vapor seguía sin disiparse. Preocupado, Félix salió de la habitación, y descubrió que el resto de la casa estaba también colmada de la misteriosa neblina.

—Con todo este humo no lograré estudiar la reacción a fondo —tosió—. Iré a tomar un poco de aire.

Cruzó el umbral de la casa y dio un par de pasos hacia la calle. Una brisa violenta lo elevó por los aires. Intentó gritar, pero su voz no emitía sonido alguno.

La fuerza del viento era descomunal; siguió subiendo y subiendo hacia el cielo, hasta que su casa se convirtió en una diminuta mota en medio de su pueblo.

Pronto se encontró a la altura de las nubes. No podía gritar, no podía moverse. Estaba a la deriva en la inmensidad del firmamento. Su angustia era tan abrumadora que ni siquiera notó que el humo que lo rodeaba se había vuelto grisáceo y oscuro. De pronto, un trueno lo despertó de aquella confusión, y sintió una presencia familiar a su lado. Era Gypti, su maestro.

—Oh, Félix... Te dije que nunca entraras en mi laboratorio, pues no se puede obtener la libertad sin pagar un precio equivalente. Ahora somos libres de las ataduras de la tierra, libres como las nubes.

Félix sintió un profundo alivio por haber encontrado a su maestro, mezclado con el miedo y la tristeza de perder su humanidad. La tormenta reventó y se puso a llover sobre el pueblo.

Maestro y aprendiz estaban condenados a viajar juntos hasta el mismísimo fin de las nubes.