XXII Edición

Curso 2025-2026

María de los Ángeles Gómez

El pianista

María de los Ángeles Gómez, 16 años

Élite Training

Manchas rojizas en la piel, pérdida de sensibilidad ante estímulos externos, músculos débiles, mano en forma de garra… Esta descripción médica no coincidía con el desconcertado y asustado músico, que de pronto veía sus sueños frustrados por aquel diagnóstico. Se trataba de la “Enfermedad de Hansen”, nombre elegante para designar a la lepra, capaz de destruir la vida de un ser humano con la peor de las torturas, no solo físicas sino psicológicas: la soledad y el destierro, que hacen que la muerte pase a un segundo plano y tarde muchos años en llegar.

Junto con aquel veredicto médico venía el exilio inevitable. Tenía muy poco tiempo para organizarse y un montón de cosas pendientes.

«¿Cuántos abrazos dejaré postergados?», pensó. «¿Cuántos conciertos en majestuosos teatros no podré tocar?». «¿Cuántas tardes de domingo junto a la chimenea, rodeado de la familia anhelada no podrán ser?...» El futuro se le derrumbaba.

Un estrecho puente colgante, custodiado por un guardia –que escrutaba a los desgraciados que entraban allí, con una extraña mezcla de asco y compasión—, daba la bienvenida al lazareto.

Debido a su fama y a sus amistades con políticos influyentes, a ojos de los demás exiliados en aquel lugar, era un lujo que le hubieran asignado una casa solo para él. Sin embargo, Luis no pensaba así, pues estaba solo, sin su familia, en silencio y con sus miedos. En medio de ese silencio, lo que más extrañaba era su piano.

El mismo día que recibió el diagnostico de la lepra, otro joven llamado Luigi, a muchos kilómetros de distancia, cursaba sus últimos años en el seminario. Acababa de recibir el destino de viajar a un miserable lazareto, lo que le generó una combinación de asombro, miedo y desconcierto. A la vez, vislumbraba la posibilidad de convertir su vida en una aventura trascendente. Su superior le explicó que habían tenido otros candidatos, pero la balanza se inclinó por él a causa de su alegría y su afición por la música, arma que iba a ser esencial en su cometido.

La llegada del seminarista italiano marcó un hito en el lúgubre lazareto. Entregó a los enfermos un cargamento de ropa, elementos de aseo y la promesa de que pronto llegaría una dotación completa para crear la “Banda Musical del Lazareto”. Aquella noticia contagió de esperanza a los condenados, que se sintieron motivados a aprender el uso de algún instrumento. Entre ellos, el corazón de Luis latía más fuerte, pues la música que tanto extrañaba volvía a él.

La amistad entre Luis y Luigi fue inmediata. Luigi necesitaba la ayuda de un músico experimentado y Luis precisaba la música más que al mismo oxígeno.

El reto era gigante: ¿Cómo convertir en músicos a un puñado de enfermos sin esperanzas? Nada le queda grande a dos almas apasionadas –una por la música, otra por Dios–, de modo que Luis puso la técnica y el otro la dedicación, hasta que los leprosos hicieron sonar los instrumentos ante la audiencia expectante de otros leprosos.

Fueron años de trabajo, de exigencias, risas y lágrimas, que insuflaron orgullo a todos aquellos que habían perdido el derecho a su propia identidad, ya que al ingresar en el lazareto les habían retirado sus documentos, que les fueron retenidos y terminaron por perderse entre las llamas. Los enfermos no formaban parte de los ciudadanos de su propio país.

Luigi decidió hacerle un regalo a su amigo Luis. Desde Francia, su comunidad religiosa le envió un espléndido piano. La finura y elegancia de tan magnífico instrumento contrastaba con las paredes agrietadas de la sala. Para Luis nada podría estar mal a partir de aquel momento, así se encontrara en el peor de los lugares.

Dedicó días y noches a componer las más hermosas melodías, que imprimió de una alegría más poderosa que la lepra. Componer e interpretar fue lo que hizo hasta el último día de su existencia en el miserable lazareto.

Dos meses después de la llegada del piano, el cartero trajo una misiva que reclamaba la presencia de Luigi en otro destino. Esta vez no hubo lágrimas de alegría, sino de tristeza sincera y gratitud. Una sonrisa de satisfacción por el deber cumplido se dibujó en el rostro del italiano mientras atravesaba el estrecho puente. De ese modo abandonó el lugar en el que, contra todo pronóstico, había sido feliz.