XXII Edición

Curso 2025 - 2026

Jacobo Martínez-Brocal

El peluche desgastado

Jacobo Martínez-Brocal, 14 años

Colegio El Prado (Madrid)

Estaba tirado en el sofá, perdiendo el tiempo, cuando mi padre asomó la cabeza desde el pasillo con cara de pocos amigos.

—Ayúdame a ordenar el trastero.

—Papá, tienes más hijos. ¿Por qué siempre yo?

—Es una obligación —me dijo, ignorando mi respuesta.

Así pues, bajé al sótano con él, sin volver a quejarme. Su mirada indicaba que estaba a punto de echarme una buena regañina, y no era cuestión de tentar a la suerte.

Cuando nos encontrábamos en el ascensor, presioné el botón correspondiente. Al llegar al trastero, me mandó apartar unas cuantas bolsas que contenían ropa de bebé, para ordenar aquella habitación y, posteriormente, volver a meterlas.

—El trastero es el purgatorio de las cosas, un lugar donde guardas objetos innecesarios que no te atreves a tirar, pensando que les darás alguna utilidad en un futuro, aunque sabes que ese momento nunca llegará. Date cuenta de lo que hace tu madre: parece coleccionar cachivaches que no utilizaremos en la vida —me dijo con un tono un tanto humorístico.

Me reí, pues tenía razón.

Después de sacar unas cuantas maletas con documentos antiguos de mi madre, ventiladores para el verano y el árbol de Navidad que mi padre había heredado de mi abuela, tomé en las manos una caja de cartón un tanto desgastada, a la que no le presté mucha atención. Después de depositarla en el suelo, barrimos el cuarto, que estaba lleno de polvo que se quedaba atrapado en las cerdas de la escoba.

Una vez conseguimos que estuviera más o menos limpio, metimos todo de nuevo y decidimos tirar algunas cosas innecesarias, hasta que llegó el turno de la caja de cartón. Picado por la curiosidad de lo que podría haber en su interior, la abrí. Dentro estaba el peluche que tanto me gustaba cuando fui pequeño, un conejo azul desgastado por el uso. Era mi favorito. Dormí con él a lo largo de mi primera infancia y me sorprendió su estado: se encontraba sucio y se le salía la felpa por algunos costurones.

Mi padre, que estaba a punto de cerrar la puerta con llave, al verme con el peluche en las manos me dijo:

—Guárdalo en la caja otra vez, que ya hemos acabado.

Pero no quise hacerlo, dado que se me había prendido la nostalgia. Así que aproveché, mientras él apagaba la luz, para esconder el conejo bajo mi sudadera, de modo que al llegar a mi habitación pude examinarlo con detalle. Estaba más sucio de lo que me había parecido abajo, y le faltaba un ojo, que en su día mi madre sustituyó por un botón negro que cosió con hilo del mismo color. Me acordé del momento en que mis padres, en una mentira piadosa para librarme de una fuente de ácaros, me dijeron que no habían encontrado al peluche, que me hicieron creer que perdí una calurosa noche de verano.

En la vida no hay que tener prisa por crecer, sino disfrutar de los pequeños momentos. En un futuro desearemos volver a esas épocas en las que fuimos felices sin advertirlo, y disfrutábamos con la compañía de familiares que seguían a nuestro lado. Todo eso fue lo que me causó el reencuentro con aquel peluche desgastado.