XXII Edición
Curso 2025 - 2026
El panadero del frente
Flavia Gutiérrez, 14 años
Colegio Salcantay (Lima, Perú)
Ocurrió un lunes, durante la primavera de 1993, en Sarajevo. A las afueras de la ciudad había una casa pequeña, cuyas habitaciones estaban colmadas de fotografías familiares. Aquella vivienda exhalaba un dulce aroma al pan recién horneado que Amir Hasanovic preparaba de madrugada. Siempre reservaba la primera pieza para su hija Lejla.
–¡Me encanta, papá! –celebraba la niña durante el desayuno–. Eres el mejor panadero del mundo. Cuando muerdo la corteza de tu pan, siempre cruje.
Amir y su esposa sonreían ante aquellas palabras. Eran una familia feliz.
Selma acababa de sacar la ropa mojada al patio, para tenderla, cuando escuchó unos golpes en la puerta. Eran dos soldados, que leyeron con frialdad el nombre y el apellido de su marido, quien se asomó desde el salón.
–¿Qué desean? –les preguntó con el rostro confundido.
–Lo necesitamos en el frente —le dijo uno de ellos, dándole a entender que no cabía otra opción.
Selma se quedó inmóvil con las manos todavía húmedas. Lejla, asustada, se aferró a las piernas de su padre, quien sintió que el mundo se le venía encima. Entonces Amir se agachó ante su hija y le acarició el cabello.
–No dejes de ayudar a mamá –le pidió con un leve temblor en la voz–. En cuanto yo vuelva, haremos el pan todos juntos. Te lo prometo.
Amir descubrió que el frente tenía un olor áspero, que contrastaba con el perfume del cálido hogar. Apestaba a muerte, a tierra removida y humo.
Lo destinaron a una unidad situada cerca de Vogošca. El frío convertía las noches de trinchera en un infierno. Él y sus compañeros apenas podían dormir. Taciturnos, iban como fantasmas desde el catre a la primera línea de fuego.
Al principio se comportó como un autómata. Allí no había harina, ni levadura, ni masa ni el calor suave de un horno, solo raciones de un rancho frío que almorzaban azotados por un viento cortante. Lo único que importaba era sobrevivir, lo que eliminaba a la vida su sabor y propósito.
Una tarde, después de una refriega contra el enemigo, encontró por casualidad un pequeño almacén repleto de conservas en lata, verduras y un par de ollas abolladas. No eran los alimentos ni los cacharros de cocina que tenía en su hogar, pero se plantó ante un fogón y sus manos, entrenadas desde joven, comenzaron a moverse instintivamente. Amir abrió tapas, peló, cortó y mezcló.
Sus compañeros se le acercaron llenos de curiosidad, deseaban abandonar aquella rutina de pólvora y sangre. Un soldado con unas profundas ojeras, lo miró sorprendido.
—¿Qué estás haciendo? –le preguntó.
—Un guiso –respondió con naturalidad–, para que podáis comer algo caliente.
Cuando el aroma de aquella receta empezó a esparcirse por el campamento, más y más soldados se reunieron alrededor de Amir. En cuanto sacó la olla de las brasas, tendió un cucharón para que todos los presentes probaran la comida. En aquel instante, la guerra pareció quedarse suspendida, y esa noche algunos lograron dormir como si estuviesen en casa.
Desde entonces, siempre que podía, Amir se encargaba de cocinar para la tropa. Aunque no podía elegir los ingredientes, que siempre eran alimentos básicos, encontraba formas de hacerlos apetitosos. Unos días después, algunos compañeros se ofrecieron a ayudarlo. Unirse en una actividad de la que todos se beneficiaban, daba sentido a aquel gran sinsentido.
Mientras cocinaba, Amir hablaba de su panadería en Sarajevo y describía a su hija Lejla cuando tocaba la masa con sus dedos curiosos. También evocaba a Selma. Los soldados lo escuchaban con la nostalgia de quien recuerda un mundo al que se desea volver.
Una noche de invierno, cuando la unidad volvió del frente cubierta de lodo y los rostros cansados, Amir los recibió con una sopa. Al servirla, el ambiente se hizo amable. Ningún soldado habló de la misión que acababan de realizar, sino que unos presumieron de sus madres, otros entonaron canciones y compartieron recuerdos felices. Incluso hubo alguna risa, que tuvo el peso de algo sagrado.
Cuando todos dormían, Amir abrió una libreta donde guardaba su recetario. No escribió nada nuevo; sino que releyó aquello que amaba. Era su forma de no olvidar su hogar. Amir había encontrado una forma de seguir adelante a pesar de la guerra: cocinar para que los hombres no olvidaran a sus familias ni perdieran el camino de vuelta.