XXII Edición

Curso 2025-2026

Blanca Valverde

El miedo que no te enseñan a nombrar

Blanca Valverde, 16 años

Colegio Adharaz (Sevilla)

Llegué a casa después de un largo día de colegio, y me encontré las caras descompuestas de mis padres.

–¿Qué pasa? –les pregunté con un nudo en la garganta.

–La abuela está en el hospital y el diagnóstico no es bueno.

Fueron once palabras que me sacudieron de pies a cabeza. Comprendí que el miedo que sentía no era solo por la posibilidad de perder a un ser querido, sino por que me obligaría a añorar todo lo que esa persona significa para mí.

Mis abuelos no son solo mis abuelos. Me explico: ellos me enseñaron sus recetas, sus costumbres y principios morales. Me han hecho sentir que valgo mucho más de lo que pienso, incluso en momentos en los que otras personas no supieron atender mis inquietudes. Ellos me han colmado de amor sin pedirme nada a cambio. Cuánto agradezco sus pellizcos en la mejilla, el amor sincero y tranquilo que me transmitieron.

Mis abuelos son uno de los mejores regalos que he recibido en la vida. Un regalo que me entregaron sin haberlo pedido y que no he sabido valorarlo en su totalidad, hasta que entendí que iba a perderlo. Aunque, por supuesto, mis padres son fundamentales, los abuelos juegan un papel distinto: están llenos de sabiduría, de experiencias e historias adquiridas con el paso de las décadas. Por si fuera poco, nos escuchan sin juzgarnos y nos aconsejan desde la calma que da la veteranía.

Imaginarme que un pilar así pueda desaparecer de un momento a otro duele mucho. ¿Quién está preparado para superarlo? Qué extraña fue aquella primera comida familiar sin la persona que siempre había encabezado la mesa. No volver a escuchar su voz, no verlo más, no poder compartir con él tantos momentos me provocó un profundo vacío que ni siquiera los recuerdos han podido llenar.

Mantuve una conversación profunda con uno de ellos hace unos años. Me enseñó algo muy importante: que aunque un día no estuviera físicamente a mi lado, debo llevar siempre conmigo todo lo que me ha enseñado: su forma de ver la vida, su manera de amar, de reír, de cantar, de jugar a las cartas y ver películas antiguas. La suma de esos detalles acaba determinando quién soy y cómo seré a lo largo de mi camino.

Aunque la pena a causa de la ausencia de mis abuelos pueda causarme dudas, tristeza o la sensación de haber sido injustamente castigada por la vida, los recuerdo con orgullo. Mientras sea capaz de vivir lo que me enseñaron, seguirán a mi lado.