XXII Edición

Curso 2025 - 2026

Alejandro Quintana

El faro 

Irene Cabezas, 17 años

Colegio Altozano (Alicante)

Mateo era un chico tímido, sin amigos ni interés por las actividades del colegio. Por eso le molestó especialmente tener que asistir a la excursión anual a los acantilados. Subió al autocar con gesto desafiante, se colocó los auriculares y se aisló del resto de sus compañeros.

Al llegar a su destino, los alumnos comenzaron a tomar fotografías mientras uno de sus profesores explicaba la formación geológica de los elementos de aquel lugar. Mateo, por su cuenta, se acercó al borde del acantilado, se sentó y se puso a contemplar el paisaje. Aunque creía conocerlo al detalle, le sorprendió la presencia de un faro. Se trataba de un edificio antiguo que parecía abandonado y cuya fachada estaba golpeada por la furia del viento y del mar. Las ventanas de lo que debió ser la casa del farero estaban rotas, y le faltaban tejas.

 –Hola.

Se asustó con aquel saludo. A su espalda había una chica de su edad, que tenía el pelo rizado y tan rubio que parecía blanco.

–¿Quién eres? –habló el muchacho, un tanto confundido con la belleza de aquella desconocida.

–Vivo aquí –le respondió con naturalidad–. Y creo que deberías echar a correr: el autobús en el que has venido está a punto de irse.

Mateo parpadeó. Desde el acantilado era imposible llegar a ver el aparcamiento. Aun así, se levantó y volvió a toda prisa. El autocar ya había arrancado el motor, y sus compañeros lo miraban desde las ventanillas entre divertidos y sorprendidos.

–¡Mateo! ¿Dónde te habías metido? –le gritó un profesor– ¡Sube de una vez!

Al día siguiente, que era sábado, no podía concentrarse ni en los deberes ni en los videojuegos. Ni siquiera prestó atención a su merienda favorita. Su pensamiento daba vueltas una y otra vez sobre quién podría ser aquella chica del pelo casi blanco, y por qué el faro parecía tan misterioso.

Decidió volver al acantilado. Cuando llegó, el mar estaba tan tranquilo que parecía una piscina. Mateo se acercó al acantilado y miró hacia el faro. Pero el faro ya no estaba; había desaparecido. En su lugar había un remolino de niebla que giraba, giraba y giraba sobre sí mismo, como si ocultara algo en su interior.

–Ya era hora de que volvieras –escuchó una voz a su espalda.

Mateo se dio un susto tan grande que casi se cae al vacío. 

–Me has asustado –le confesó al darse la vuelta y encontrarse con la chica del día anterior, que sonreía como si acabaran de contarle un chiste.

–¿Dónde está el faro?

–Ahí mismo –respondió ella–. Solo que no se deja ver así como así.

–Un faro mágico…

–Así es, y solo se aparece a quienes lo miran con curiosidad, sin prisas. Tú lo miraste como si quisieras escucharlo; por eso te dejé verlo.

Lentamente la niebla empezó a abrirse como una cortina, para mostrarle de nuevo el faro, que brillaba con una luz suave y azulada, como si estuviera hecho de cristal.

–¡Guau! –exclamó Mateo con los ojos muy abiertos.

–¿Quieres verlo por dentro?

Mateo tragó saliva antes de asentir. La chica le ofreció su mano, que estaba fría como el agua del mar. Juntos surcaron la niebla y aparecieron en el interior del edificio. Aquel lugar era increíble: escaleras que subían y bajaban en espiral, cuadros que se movían, botellas que guardaban pedacitos de viento y una brújula gigante cuya aguja daba vueltas.

–Este faro guarda historias –le explicó la muchacha–: historias de marineros, de tormentas, de animales que nadie ha visto… y de chicos que a veces se sienten un poquito solos.

Mateo levantó la vista hacia ella.

–¿Por eso apareciste? ¿Para que no siguiera sintiéndome así?

Ella asintió.

–Y porque eres la primera persona en muchos años que observa el mundo como si pudiera cambiarlo. Eso es algo especial, ¿sabes?

Mateo sonrió por primera vez en mucho tiempo. Entonces, la chica sacó un objeto brillante del bolsillo de su vestido. Era un collar con forma de estrella que emitía una luz fuerte y cálida.  

–Es un regalo –dijo la chica–. Te ayudará siempre que lo necesites.

–¿Volveré a ver el faro? –le preguntó.

–Siempre y cuando creas que todo es posible –le guiñó un ojo.

La luz del collar brilló todavía más, hasta el punto que todo alrededor se volvió de un blanco refulgente que le obligó a Mateo a cerrar los párpados con fuerza. Cuando los abrió de nuevo, estaba en su habitación con la ropa salpicada de arena. Sonrió. No sabía si había sido un sueño o una aventura real. Entonces bajó la barbilla para descubrir sobre su pecho el collar.

Al día siguiente, al entrar en clase, se acercó a un compañero y le dijo:

–¿Puedo jugar al fútbol durante el recreo?

Aquel lo miró sorprendido, pero en un momento le sonrió.

–¡Claro!

Mateo también le regaló una sonrisa, convencido de que nunca más volvería a sentirse solo.