XXII Edición

Curso 2025 - 2026

Inés Montoliu

El arte de no mirar abajo

Inés Montoliu, 14 años

Colegio Canigó (Barcelona)

Juan tenía la oportunidad de conseguir el trabajo de sus sueños, lo que iba a obligarle a renunciar a su vida para recomenzarla en otro país, con otros amigos y una rutina completamente distinta.

Mientras paseaba por el parque, meditaba sobre las ventajas e inconvenientes de aquel reto. Le asustaba dejar atrás sus recuerdos. Estaba indeciso. Pidió consejo a sus amigos y familiares, de los que había recibido opiniones distintas. Como se conocía bien, pensó que si seguía dándole vueltas a aquella oportunidad laboral, caería en uno de sus ataques de pánico.

Recorrió con la mirada el lugar, en busca de un banco en el que sentarse. Allí se acomodó y disfrutó de unos minutos de sol. Enfrente de él había un arenero con columpios. Una niña intentaba balancearse sobre el pasamanos cuando cayó al suelo tras un resbalón. Se levantó sin mirarse y volvió a intentarlo una y otra vez, y cuando parecía a punto de conseguirlo su madre la llamó porque tenían que irse. Obediente, la niña se marchó junto a ella.

La pantalla de el móvil de Juan se iluminó, revelando un mensaje de su mejor amigo:

“Tío, no sé qué decirte… Me duele que te vayas, pero debes intentar cumplir tus sueños, aunque, si te soy sincero, no creo que lo vayas a conseguir”.

En ese instante escuchó una voz masculina. Un padre hablaba con su hijo:

—Marcos, ¿vas a beber de una vez?

Aunque el niño no llegaba al grifo de la fuente, no le pedía ayuda.

—Pues entonces –concluyó el hombre con voz de impaciencia–, beberás en casa.

Se marcharon juntos y de la mano.

Juan recibió otro mensaje, este era de su novia:

“No te vayas, cielo. Ese trabajo no merece la pena, hazme caso. Y si te empecinas... rompo contigo”.

Juan era consciente de que aquella relación era tóxica, así que estaba esperando el momento para cortarla, pero hasta aquel momento no se había atrevido.

Frente a él, un grupo de niños echaba una carrera a la pata coja. Uno por uno se fueron rindiendo, salvo dos de ellos. El primero estaba empezando a desequilibrarse. Sus amigos le gritaban para darle ánimos, pero terminó por dejar de saltar. El otro tampoco fue capaz de alcanzar la meta, pese a que se encontraba apenas a unos metros.

Una notificación iluminó el cristal del dispositivo de Juan. Era su primo Marcos:

“Si te soy sincero, yo rechazaría el puesto. Estos últimos años te has esforzado mucho: te mereces un descanso”.

Observó con curiosidad a un pequeño que montaba en bicicleta. Se había caído unas cuantas veces. Primero, porque pisó una piedra. Después, porque se desconcentró con una mariposa que le rozó la cara. La tercera vez, cuando una niña se cruzó por el medio de su camino. Enfadado, tiró la bici al suelo, pero en cuanto se calmó le volvió el deseo de pedalear. Tomó en manillar, se sentó en el sillín, cerró los ojos, inspiró hondo, se impulsó con un pie y gritó con euforia:

—¡Mamá, mira! ¡Mira lo que estoy haciendo!

Pedaleaba feliz al haber logrado superarse.

El móvil de Juan vibró, esta vez a cuenta de un mensaje de su madre:

“Creo en ti, cariño”.

Entonces entendió que aquella chiquillería le había ofrecido diferentes maneras de enfrentarse a las dificultades.

“Muchas gracias, mamá”, le contestó.

Y volvió a casa, convencido de la decisión que acababa de tomar.