XXIII Edición
Curso 2026 - 2027
El amor y la muerte
Alejandra Tormo, 14 años
Colegio de Fomento Altozano (Alicante)
Desde que existen los seres humanos, existen las emociones. Estas últimas, al principio de los tiempos, no sabían muy bien qué papel desempeñaban. Veían a los hombres, pero ellos no eran capaces de hacerlo. Por eso, cada vez que una emoción tocaba a una persona, esta comenzaba a actuar sin que se diera cuenta.
Poco a poco, dichas emociones fueron descubriendo su función: ayudar a los seres humanos a comprender su relación con los demás y con la realidad que los rodeaba.
Mientras tanto, las emociones estaban siempre reunidas, cada cual pensando en sus propósitos, atentas a cómo se sentía cada persona en ese preciso instante. Era un no parar: apenas descansaban ni tenían tiempo para hablar entre sí. Aburrimiento siempre se entrometía en las labores de Amor, hasta que lograba que sus destinatarios se cansaran el uno del otro. Envidia, a su vez, lo imitaba: iba a buscar objetos que poseían otras emociones, pues se sentía mal por carecer de ellos.
Había otra realidad que vivía con ellas. Se trataba de Muerte. Lejos de ser una emoción era una verdad que los humanos no aceptaban y de la que desconocían cuándo podía sorprenderlos.
Por cierto, las emociones no podían darse la mano, abrazarse ni rozarse, ya que corrían el peligro de que se mezclaran sus poderes y no pudieran volver a funcionar por sí mismas. Curiosidad, sin embargo, más de una vez había intentado tocar a alguna de sus compañeras.
Tan ocupadas estaban con su trabajo que no se habían percatado de que una de las emociones, Amor, escondía algo a Muerte, un misterio que tenía fuerza suficiente para cambiar el modo en el que las emociones interactuaban.
Muerte sorprendía a Amor mirándola desde algún rincón, cuando este no estaba ocupado en emparejar hombres y mujeres, ya que su función era unir almas. Daba igual lo distintas que fueran; una vez que Amor les lanzaba una flecha, eran incapaces de separarse. Con su arco de oro lanzaba dos saetas, una a cada amante. Pero cuando se distraía con la cercanía de Muerte, lanzaba una sola flecha y el amor que sentía la persona herida no era correspondido.
En una de aquellas distracciones, cuando Amor tenía el arco cargado, se le resbaló una de sus saetas y se hirió a sí mismo. Por ese motivo, se enamoró de Muerte.
Si Amor unía la vida de dos personas, Muerte las separaba. Pero estaba cansada de cargar con el dolor de la humanidad, con tanto sufrimiento. Muchas veces la acompañaba Tristeza, que ponía sus dedos en los seres queridos de aquellos a quien Muerte se había llevado. También las acompañaban Pena y su hija, Soledad.
Un día Muerte se encontró el arco y las flechas de Amor tras uno de los árboles del Valle de las Emociones.
–¿Y si me clavara uno de estos dardos? –se dijo–. Quizás sea lo que necesito para que cese mi tormento.
Se acercó con cuidado para que las emociones no la descubrieran. Las puntas de las saetas relucían con el sol. Muerte apartó la oscuridad que llevaba en su interior, agarró una de las flechas y se la clavó en el corazón.
Nada parecía haber cambiado. Los pájaros seguían piando y el tiempo corría a la misma velocidad, hasta que apareció Amor en busca de su carcaj. En ese momento todo pareció detenerse. Uno y otra se pusieron frente a frente. No se dijeron nada sino que se fundieron en un gran abrazo.
A partir de entonces, Muerte percibió que en su interior las almas cesaban sus gritos. Amor, en cambio, comprendía por fin cómo se sentían las personas a las que emparejaba. Desde ese día no volvieron a ser las mismas. La consecuencia de aquel abrazo fue que la Muerte moriría enamorada y el Amor amaría hasta la muerte.