XXII Edición
Curso 2025-2026
El amor huele a lluvia
Luis Cappuyns, 16 años
Colegio La Farga (Barcelona)
Inés vivía en una humilde casa de campo, de esas que huelen a hierba pisada y que aún utilizan chimenea. La mujer era ciega de nacimiento, así que su vida se sostenía gracias a los olores, el tacto y los sonidos.
Una noche de lluvia furiosa, escuchó que alguien llamaba a su puerta.
–¿Quién es?
La voz grave de un hombre respondió:
–No me conoces, pero, por favor, déjame pasar. La tormenta es demasiado fuerte y no tengo cobijo.
Sorprendida, se apiadó de él y abrió la puerta.
A medida que pasaron los días, empezó a acostumbrarse a la presencia de aquel extraño. Este no solía salir de casa, así que rápidamente se adueñó de las tareas domésticas. No era una persona de largos discursos, sino más bien taciturna, pues solo pronunciaba unas pocas palabras al día.
Con el paso del tiempo, Inés se fue enamorando del desconocido, de su voz, su olor y de sus pocas y toscas palabras. Pero llegó la desgracia cuando el desconocido desapareció repentinamente, sin dejar rastro. Inés, aunque rota por dentro, no tuvo más remedio que aceptarlo.
Unos días después volvieron a llamar a su puerta. Con la esperanza de que fuera el hombre misterioso, Inés la abrió apresuradamente.
–Buenos días, señora –escuchó una voz desconocida–. Somos los gendarmes de la prisión y buscamos a un reo; un asesino que se fugó del penal hace unas semanas.
Al escuchar aquello, pensó:
«Ese criminal no puede ser mi hombre misterioso».
–Por aquí pasó un caballero, pero no es quien buscáis. Él nunca habría cometido un asesinato.
Los gendarmes se miraron, convencidos de haberlo encontrado. Uno de ellos le preguntó:
–¿Podríamos entrar a echar un vistazo?
Pasaron al interior de la casa y comenzaron a registrarla. No pasó mucho rato hasta que uno de ellos encontró una nota. Después de enseñársela a su compañero, la leyó en voz alta:
«Inés, sé que tus ojos jamás podrán leer esta carta. Si la escuchas, será que la gendarmería te la está leyendo a viva voz.
Mi nombre, que nunca te lo mostré, es Bruno. Y sí, maté a un hombre. Fue por accidente, desde luego, pues nunca quise ostentar el título de asesino. Pero el juez no quiso atender los matices del caso y me condenó a la horca.
Ante el riesgo de que me encontraran, me he visto obligado a huir. Probablemente, pensarás que te engañé. Pero si me he marcado ha sido por tu bien, para que no puedan acusarte de haberme ayudado.
Solo me queda decirte que volveré contigo, bien en esta vida o en la otra, ya que el asesinato está castigado con la pena de muerte y no sé si lograré escapar. No te sientas culpable, por favor. Estos días han sido los mejores de mi vida, y ten por seguro que por ti estoy dispuesto a todo».
El gendarme guardó el papel en el interior de su uniforme. Se creó un tenso silencio, pero Inés no lloró. Había comprendido el porqué de la minuciosa cautela de Bruno. Los agentes, al no encontrar más pistas, decidieron marcharse.
Cuando los oficiales la dejaron sola, la mujer rompió a llorar con amargura, pues su mundo volvía a ser solitario y oscuro. Por primera vez en su vida había conocido el amor, que para sus sentidos olía a lluvia, hablaba con palabras toscas y tenía el nombre de un asesino.