XXII Edición
Curso 2025 - 2026
Ecos de infancia y
segundos que se van
Natalia Chávarri, 15 años
Colegio Ayalde (Vizcaya)
De pequeña lo que más me entretenía era correr por el jardín, jugar con mis muñecas y hacer construcciones con las fichas de Lego. Es decir, era capaz de distraerme con cualquier cosa: con unas piezas de madera y con los almohadones del sofá. Construía refugios para protegerme en las guerras de almohadas contra mi hermano. Para ser feliz me bastaban la imaginación y unos cuantos cojines.
He crecido, y la ilusión y el ingenio ya no son suficientes. Ya no puedo pasar las tardes enredada en mis muñecas, con aquellas piezas de madera o guerreando con mi hermano. Necesito otros estímulos, porque no soy capaz de crearlos por mí misma. Ya no. Por ese motivo uso el teléfono, que me entretiene durante muchas más horas que cuando jugaba con aquellos almohadones. Ahora me dedico a deslizar el dedo sobre una pantalla, para conocer la vida de otra gente mientras la mía me pasa inadvertida.
En ocasiones soy consciente de lo que me estoy perdiendo, de lo que no gano. Las imágenes se siguen sucediendo mientras se acumulan minutos desperdiciados que jamás podré recuperar. Otras muchas no me doy cuenta. Y cuando me pongo en pie y apago el teléfono, sigo con mi día, con lo poco que me queda de él.
Ocasionalmente, me vence la sensación de que el tiempo se escapa entre mis dedos, de que lo estoy malgastando. Sé que no debería interesarme por el día a día de tantos desconocidos, en vez de centrarme en lo mío. Soy consciente de que debería vivir con intensidad, no como un ser durmiente que vaga por internet.
A pesar de que sé lo que es correcto, la adicción es más fuerte que el autocontrol. Por eso añoro esas tardes de batallas sin fin, las noches de lectura junto a mis muñecos, los buenos momentos que pasaba con mi hermano, que sufre algo parecido en la habitación de al lado, pero con la misma luz azul reflejada en su cara.
Me pregunto cuántos adolescentes están como nosotros, reviviendo las memorias de su infancia. Cuántos viven atrapados en este bucle sin control. Cuántos que, a pesar de estar al tanto de lo perjudicial que son las redes, siguen deslizando el dedo, incapaces de escapar de su influjo.